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Full text of "La pecadora : drama en tres actos, en prosa"

b i o •- 
SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 

■ — - ■ — 

LA PECADORA 



ID TI .A. 2^£ A. 



EN TRES ACTOS, EN PROSA 



ORIGINAL DB 



ANGKE&r* GÜIMERA 



MADRID 

SALÓN DEL PRADO, 14, HOTEL 

1903 

i t 



X*A PECADORA 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los paises con los cuales se hayan, 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LA PECADORA 



ID JR -A» 2v£ -A. 



EN TRES ACTOS, EN PROSA 



UIMftlNAI, de 



A1XGEL, GUIlMLEJFtA. 



Representado por primera vez en el TEATRO ESPAÑOL de 
Madrid, el 3 de Febrero de 1903 



MADRID 

B. VBLASOO. IMP., MABQÜIÍS DB SANTA AHA, 11 Ül.P " 

Teléfono número c51 
«9413 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

DANIELA Sra. Guerrero. 

MONSA Srta. Valdivia. 

ANTONIA . Sra. Martínez. 

TOMASA Srta. Cancio. 

PONA Sra. Bueno. 

ANA Srta. Blanco. 

HUGUETE Sea. Socías. 

JEANÜE Srta. Torres. 

NIÑA 1.a. ■-,. Sra. Coy. 

ID KM 2.a Srta. Alvarez. 

RAMÓN Sr. Díaz de Mendoza (F.) 

DON JOAQUÍN Cirera. 

ANDRÉS Díaz. 

RICHART Carsí. 

MAX Barragán. 

MR. ALBERT Robles. 

VALERIO Guerrero. 

MIGUEL Buil. 



fe^. V^SvSPs^. 



ACTO PRIMERO 



Sala de entraSa en una casa de labradores ricos, en una aldea. Una 
puerta á la derecha; dos puertas á la izquierda. En el foro, á la 
derecha, el portón que conduce al exterior; en el mismo foro, á la 
izquierda, puerta sobre un escalón; el muro en que está esta puer- 
ta más saliente que el Otro en que se supone el portón de entra- 
da. Por la mañana. 



ESCENA PRIMERA 

RAMÓN, VALERIO y MIGUEL 

Al levantarse el telón la escena está desierta. Se oye, viniendo de la 
puerta de la derecha, el ruido de una cuna que mecen y la voz de 
una mujer que entona una cancióu de cuna: "La maie de Deu quan 
era xiqueta...» Después de una pausa, mientras sigue el canto, vie- 
nen del exterior, Ramón envuelto en un tapabocas grande y con una 
vara en la mauo, Miguel, su criado, con un traje semejante, pero 
más pobre, y Valerio con ropa de trabajo 

Ram . (Riñendo.) ¡Cómo había de figurarme que aún 

no estaba nada arreglado! (a Valerio.) Ya lo 
sabes; todo tiene que estar listo antes de 
mediodía. 

Yal. Así se hará, señor amo; desde antes de ama- 

necer estamos limpiando. 

Ram. (con rudeza ) ¿Hasta hoy no habéis empezado 

el trabajo? ¡Holgazanes! (Movimiento de protesta 



6*343» 668620 



<ie Valerio.) ¿Qué habéis hecho en todo este 
tiempo? 

Val. Resallamos... y pusimos cañas á las tomate- 

ras; además el prado de abajo... 

Ram. ¿Pero no te encargué que limpiaseis los co- 

rrales en seguida? ¿Y si el rebaño hubiera 
llegado anoche? 

Val. Como no llegó... 

Ram. ¿Y si hubiera llegado? 

Val. Todavía no está aquí. 

Ram. Va allegar. 

Val. Ya se está limpiando. 

Ram. ¡Ya se está limpiando! ¡Ya se está limpian- 

do! ¡Majadero! ¡No sé como no te rompo la 
. crisma! (Á Miguel ) Anda, ayúdalos... y listos, 
listos. 

MlG. Voy, Señor amo, pero... (Mirando hacia una puer- 

ta de la izquierda.) 

Ram. ¿Quién ha venido estos días? 

Val. Nadie... Digo si, el señor doctor... pero no 

hay nadie enfermo... Todos estamos buenos 
á Dios gracias... 

Ram. (a Miguel.) ¿Aun estás aquí? 

Míe Es que no he almorzado todavía... 

Ram . Tampoco yo... Cuando hay que trabajar el 

trabajo es lo primero. 

Mig. Miá tú que trabajar en ayunas... (sale murmu- 

rando por el portón.) 

Ram. i A ver si te callas! 



ESCENA II 

RAMÓN. VALERIO. Después cuando el diálogo lo indique AÑA 
y ANTONIA 

ANA (Sale corriendo por la derecha.) ¡Padre! ¡Padrel 

RAM . (Dejándose abrazar y dirigiéndose á Valerio.) Oye, 

¿no ha venido Rivera por el vino? 
\ua ¡Padre! ¡Padre! 

Val. Sí, señor amo. Aquí estuvo Rivera y se llevó 

el vino. 
Ram. (Siempre con rudeza.) ¿Y por qué no me lo has 

dicho, alcornoque? 



— 7 — 

ANA (Corriendo á la puerta derecha,) ¡Madrel ¡Madre! 

Val. Pues, sí, señor, aquí estuvo Rivera y se lle- 

vó el vino. 

Ana ¡Ha llegado padre! 

Ram. ¿Y quién estaba presente cuando lo midie- 

ron? (Sale Antonia y se acerca á Kamón.) 

ANA (Que vuelve á abrazar á Ramón muy alegre.) ¡Ay, 

padre, padre! 

Val. Allí estuve yo, más fijo que un poste. 

Ant. ¿Cómo te fué en tu viaje? 

Ram. (a Antonia.) Bien, (a Valerio.) ¿Cuántas cargan 

llevaron? ¿Quién hizo la cuenta? 

Ant. ¡Jesús! ¡Cómo vienes de polvo! 

Val. Pues apuntaba la chica... la Ana... 

Ram. ¡Pero estáis locos! ¡Fiarse de una criatura! 

¡Así anda todo en esta casa cuando yo falto! 

Ant. No te amontones, hombre... Yo también es- 

taba presente... 

Ana Anda, y poco bien que lo apunté todo... por 

cada medida, hacía una rayita en el papel... 

ANT. (Condoliéndose porque la riñe Ramón.) ¡Pobre Cria- 

tura! 

Ram. (a Antonia.) He comprado un rebaño que da 

gozo verlo. 
Ant. Si no te ocurre lo del otro año... 

Ram . No hay cuidado. Ahora abro bien los ojos. 

Traigo trescientas cuarenta y siete ovejas. 
Ant. ¿Querrás mudarte de ropa? 

Ram. (Hablando distraído.) Y el niño, ¿cómo está? 

Ant. En la cuna. ¡Ha llorado más esta noche! 

Ram. Dadme la cuenta del vino. 

Ant. Valerio, dale la cuenta al amo. (Valerio hace 

señas de que él no la tiene.) 

Ana ¿Qué me trae usted, padre? 

Ram. (a Valerio.) ¿Pero dónde está esa cuenta? Ya 

lo veis; no puedo faltar de casa. ¡Parece men- 
tira! ¡Todos sois iguales! ¡Y luego dirán que 

tengo mal genio! (Antonia y Valerio van de una 
parte á otra abriendo los cajones de los muebles, regis 
trándose los bolsillos, etc. Ana á un lado juega con 
una muñeca sucia y descoyuntada.) 

Ant. No te sulfures, hombre, que ya parecerá. 

Ram. ¡Si no me hicierais perder la paciencia! 

Val. Mire usted señor amo, apostaría á que no 



— 8 



Ram 



Ant. 

Ana 

Ant. 

Ana 

Ant. 
Ram. 
Val. 



Ram. 
Ant. 

Ana 



parece, de tan guardada como está. Pero ya 

parecerá; verá usted cómo parece. 

Este mostrenco me quema la sangre con su 

cachaza. ¡Pero esa cuenta!... ¿La encontráis 

ó no? 

Nos atolondras con tus gritos, (a Ana.) Hija 

mía, ¿te acuerdas dónde pusimos la cuenta? 

¿Qué cuenta? 

La que tú hiciste, la del vino. 

(con naturalidad.) Aquí la tengo yo muy guar- 

dadita. (La saca del seno arrugada y sucia.) 

¡Ay! ¡Gracias á Dios! 

Trae acá. 

|Tomal Pues si ahora me acuerdo que yo 

mismo se la había dado á guardar para que 

no se perdiera. 

Anda, anda á trabajar. (Valerio sale por el foro.) 

(Á Ana mientras Ramón repasa la cuenta.) ¡Hija 

mía, qué genio tiene tu padre! 

(a Antonia.) Madre, ¿no me habrá traído 

nada? ¡Yo creo que me habrá traído algo! 

(Antonia se encoge de hombros.) 



ESCENA m 

ANTONIA, ANA, RAMÓN y MONSA 



Monsa ¡Buenos días nos dé Dios! ¡Ramón! ¿Cuándo 
llegó? 

Ant. Hace un rato, (a Ramón.) Oye: tenemos que 

hablar de un asunto. 

Ram, Primero es esto, (por la cuenta.) Son veintisie- 

te cargas. ¡Cómo! ¿Justas? ¡Cá! No puede es- 
tar bien. Es claro: os fiáis de una chiquilla. 

Ant. Te digo que está bien. 

Ana Pues yo hice lo que me dijeron, ¿verdad, 

madre? 

Ant. ¡Claro! (Ramón sigue repasando la cuenta.) 

Monsa tíí, hijita, sí. Eres muy juiciosa. ¡Ya ves! me 
sirve de pasanta en la escuela. 

Ram. ¿Y tú qué sabes si está bien ó mal la cuen- 

ta? Miren la sabionda cómo presume por- 



— 9 - 



Ant. 



MONSA 

Ant. 

Ram. 



MONSA 

Ram. 
Ant. 

MONSA 

Ram. 

Ana 

Ram. 



que es maestra. Tan boba saldrá esta como 
tú. 

¡Ramónl No trates así á la pobre Monsa, 
que tanto nos quiere; y si alguno cae enfer- 
mo, todo lo deja por atendernos. 
Déjale, déjale; si no me enfado. 
¡Y tan desabrióte para esta pobre criatura 
que adora en su padre! 
Si creerás que no tengo otra cosa que hacer 
sino mimaros, (a media voz.) |Para bollos está 
el hornol ¡Falto cuatro días de casa y todo 
lo encuentro manga por hombro! 

Déjale, mujer. (Sigue hablando con Ana y Antonia.) 

(Murmurando.) No cuidan de la hacienda... 

¡Ni hacer una cuenta saben! 

(a Monsa.) ¡Qué genio tiene! 

(a Antonia.) Sí, mucho genio, pero es más 

bueno que el pan. 

(Llamando con ludeza y á media voz.) ¡Ana! ¡Anal 

(Corriendo hacia el.) ¡Padre! 

(Le da un beso y murmura.) ¡Las mujeres, las 

mujeres! ¡No sirven para nada, para nada! 

(Sale por el portón hablando entre dientes.) 



ESCENA IV 

ANTONIA, MONSA y ANA. Después TOMASA, PONA (Josefa) y 
ANDRÉS. Antonia habrá entrado un momento en el cuarto de la de- 
recha. Monsa queda mirando hacia el mismo cuarto, mieatras, sale 
RAMÓN 



Ant. Fui á ver si el niño seguía durmiendo. 

MONSA Es Un ángel de Dios. (Ana ha vuelto á jugar con 

la muñeca ) 

Ant. No se parecerá á su padre, que es áspero 

como un esparto. 
Monsa Pero os quiere mucho á todos. 
Ant. Sí, es verdad; pero piensa demasiado en 

sus quehaceres. 
Tom. (Entrando.) Vengo á que me contéis algo de 

eso, de la Daniela. 
Monsa ¡Pobre Daniela! 
Ant. ¿Quién te lo ha contado? 



— 40 - 

Tom . Valerio, que estaba hablando con Andrés, 

el alpargatero. 
Ant. También ese Andrés es un entrometido. 

Tom. ¿Por qué dices también? 

Ant. (AMonsa.) |Ves qué charlatán es Valerio! 

Pona 'Entrando, á Antonia.) Chica, tengo mucho que 

hacer en casa. 
Tom . ¿Pues y yo? Hoy encalamos. 

Pona Pero he querido saber eso de la Daniela. 

ANT. (Sin dar importancia al asunto.) PlieS, SÍ, SÍ; pare- 

ce que aun vive... ¡Hacía tanto tiempo que 
nada sabíamos de ella! 

Pona Dice Valerio que han llegado noticias. 

And. (Entra cosiendo una alpargata.) ¿Y Ramón qué 

dice de eso de la Daniela? 

Ant. Todavía no le he dicho nada. Además, no 

se sabe gran cosa. 

Monsa (con tristeza y afecto.) ¡Tan amjgas como éra- 
mos! 

Tom. Miro para escapar si viene Ramón. ¡Siem- 

pre dice que estamos estorbando! 

Ant. Pues veréis; os diré lo que sabemos. Ayer, 

al obscurecer, vino el señor doctor y me 
dijo que un médico francés le había escrito 
preguntándole si era sano este pueblo, por- 
que tenía una enferma que era de aquí, y 
tal vez viniera para restablecerse. 

And. ¿Nadamáfr? 

Ant. Casi nada más, dijo. 

And. Toma, pues si es así... ¡Quién sabe si será 

ella la enferma! 

Pona Puede ser ella... ¡Pte!... Pero tal vez quieran 

engañarnos. (Riendo.) 

Tom. ¡Mira tú que fijarse en un pueblo tan chico 

COmO este! (No creyendo la noticia.) 

Ant. No, no; en la carta se nombra á la Daniela. 

And. ¡Ya! Eho es otra cosa. 

Tom . Yo la creía muerta y enterrada hace mu- 

chos años. 

Pona Mala hierba... 

Tom. Eso dice mi hombre. ¡Vaya, me voy, que 

están encalando! 

Ant. Vosotras la conocisteis... yo como no soy de 

este pueblo... Debió ser amiga vuestra. 



— 11 — 

TOM. (Resentida.) Amiga, no. (Andrés de cuando en cuan- 

do da una puntada en la alpargata.) 

Pona Conocidas. Era mayor que nosotras. 

MONSA (Siempre sin malicia ) Pona, eSO no. Vosotras 

sois mas viejas. 
Tom . ¿Cómo más viejas? Tú si que eres más vieja 

que nosotras y que ella. 
Monsa Lo que tú quieras. A mí no me importa. 
Ant. Dice Ramón que cuando huyó del pueblo, 

tenía catorce años cumplidos. 
And. Mi mujer dice que catorce ó quince. 

Tom. ¡Vaya, me voy! Ahora debe teDer treinta y 

cinco. 
Pona ¡Más! 

Monsa Tiene treinta. 
Pona [Con la vida que ha hecho, debe estar más 

repugnante!... 
And. ¡Pts! ¿Quién sabe? En Francia remiendan á 

las mujeres y las ponen como nuevas. 
Ant. ¡Ana! Vete á mecer al niño... me parece que 

llora... (Ana deja la muñeca y se va por la derecha. 
Se oye después el ruido de la cuna.) 

Tom . (a Antonia.) Y si viniera al pueblo, ¿qué ha- 

ríais vosotros? 

Ant. Eso Rimón lo decidirá. 

Tom. Como es prima hermana suya... y en esta 

casa la tenían como hija... 

Pona Yo que vosotros, ni Ja miraría á la cara, por 

sinvergüenza. 

Ant. [Pero qué ha de venir, mujer! ¡Parece men- 

tira que!... 

And. (interrumpiéndola.) Estará muerta de hambre. 

Tom. Cualquier día tenia yo una perdida como 

esa en mi casa. 

And. Mi mujer ni la devolvería el saludo. 

Ant. Yo, si llega el caso... pues haré lo que diga 

Ramón. 

Tom. Y tú, Monsa, ¿qué harías? 

Monsa ¿Yo? Si Daniela volviese y no la acompaña- 
ra nadie, la llevaría á mi casa. 

And. ¿Tú? ¿Estando soltera?... 

Monsa ¿Y qué? 

Pona ¿A su casa dice? ¿Y con qué la manten- 

drías? ¿Y con qué pagarías las medicinas? 



_ 12 — 

Monsa Ya sé que no tengo nada, pero me ayudaría 
todo el pueblo; las madres de las niñas que 
vienen á la escuela... 

TOM . (interrumpiéndola enojada.) ¿Que te ayudaríamos 

nosotras para sostener á esa mujer? 

Pona Primero lo echaríamos á los perros. 

Ant. ¡Pona, no digas esol 

And. ¿Sabes lo que te sucedería? Que te quitarían 

todas las chiquillas si metieras á esamala 
mujer en la escuela. 

Monsa ¿Y si estuviese arrepentida? ¿Y si se estu- 
viese muriendo la infeliz?' 

Ant. ¡Bien puede ser que ya sea muy otra! (An- 

drés se rie ) 

Tom. (Burlándose.) ¡Arrepentida!... ¡Me voy, me voy, 

que estamos encalando! 

Pona Será poique nadie la quiera. 

Monsa Pues yo no la dejaría morir de hambre. ¡No , 

y no! (Se rien de ella ) 

Ant. " ¿Por qué os reís de Monsa? (siguen riéndose.) 

Monsa No, no la abandonaría. Y hasta pasaría ham- 
bre por ella si fuera menester. Yo soy así. 
Tom. Por eso no te has casado... y vives sola como 

los buhos. 

PONA Por bobaÜCOna. (Andrés ríe con estrépito.) 

Monsa (Llorosa.) Ya sé, ya sé que no soy tan lista 

como vosotras. 
Ant. No las hagas caso, mujer. 

Monsa No se lo hago; pero es que no puedo más... 

(Llorando.) porque cuando una cree haber 

Obrado bien— (Sigue llorando ) 

Tom. (a Pona y Andrés) ¡Todo lo toma tan á pe- 

chos!... 
And. Eso dice mi mujer... 

Pona ¡Como si nosotras no tuviéramos corazón! 



ESCENA V 

ANTONIA, MONSA, TOMASA, PONA, ANDRÉS, DON JOAQUÍN y 
MR. A1.BERT, después RAMÓN 



Joaq (Entrando.) | Buenos días y que Dios os guar- 

de! (Le sigue Mr. Albert ) 



— 13 — 

Ant. i El señor doctorl 

Joaq. ¿Qué tiene Monea? ¿Qué te pasa, chiquilla? 

Monsa Nada, no es nada. 

Joaq. No me hagáis llorar á Monsa, que es más 

buena que todas vosotras juntas, (pona, To-' 

masa y Andrés se excusan: A Andrés.) Y también 

que tu mujer. 
And. ¿Y mejor que un servidor? 

JOAQ. TÚ no eres nadie. (A Monsa, acariciándola.) ¡Mi 

buena enfermal ¿Qué se han figurado esas? 

Monsa Muchas gracias, señor doctor... me voy, que 
he dejado á las niñas con la pasan ta... (Mien- 
tras sale, Tomasa, ¡Pona y Andrés protestan de que no 
la han querido ofender, Andrés con más calor que las 
mujeres. Ella da á entender que no está ofendida, y 
sale enjugándose los ojos. Entre tanto ha seguido el 
diálogo.) 

JOAQ. (A Monsa.) AdiÓS, muchacha, adiós. (A Anto- 

nia.) ¿Ya ha vuelto Ramón, verdad? 

Ant. Sí, señor; llegó hace un rato. 

Joaq. Pues tenemos que hablarle en seguida. 

Ant. (Llamando.) ¡Ana! (a don Joaquín ) ¿Quieren us- 

tedes tomar algo? 

ANA (Saliendo del cuarto de la derecha.) ¡Madre! 

Ant. Di á tu padre que venga en seguida, que 

están aquí el señor doctor y otro caballero. 

Joaq. Y que tengo prisa, que aun me faltan que 

hacer muchas visitas. (Antonia ofrece sillas á don 
Joaquín y á Mr. Albert que no se sientan. Los demás 
personajes ban seguido hablando en el toro.) 
TOM. (A Andrés.) |Yo, yo! (a don Joaquín.) ¡Señor 

doctor! 
Joaq ¿Qué te duele? 

Tom. Doler, no me duele nada. 

Pona Es que como conocíamos tanto á la Daniela, 

quisiéramos saber si... 
Joaq. ¿Ah,sí? Pues... yo no sé nada, nada, nada. 

' v Se separa de ellas y enciende un cigarro.) 
MR. ALB. (Con ligero acento francés.) [Ah! ¿Con que USte- 

des conocían á la señorita Daniela? 
Pona ¡Sí, señor, mucho! 

Tom. ¿Y usted la conoce? 

Mr. AlB. Ya lo creo. (Las dos mujeres y Andrés le hacen mu- 
chas preguntas, mientras se acerca Ramón riñendo á 
alguien que se supone estar fuera ) 



_ u _~ 

Pona ¿Y qué hace, qué hace? 

And. Nosotros quisiéramos saber... (calía ai entrar 

Ramón.) 

Ram. (Entrando.) Don Joaquín, Dios le guarde. 

Joaq. Hola, muchacho. (Aparte á Antonia.) Largo, 

largo todo el' mundo. (Antonia los hace salir acom- 
pañándolos hasta la puerta.) 

Ram. Ustedes dirán. 



ESCENA VI 

ANTONIA, RAMÓN, DON JOAQUÍN y MR. ALBERT 

Joaq. Te explicaré en pocas palabras el asunto que 

aquí nos trae, (a Mr. Aiben.) Iremos al grano. 
¿No le parece? 

Mr. Alb. Como usted guste. 

Joaq. El señor llegó ayer de París y te trae un en- 

cargo de una prima tuya. 

Ram. ¿Qué usted?.. ¿Usted viene de parte de... de 

la Daniela? 

Mr. Ale. Sí, señor. El señor tuvo hace días carta de 
un colega de París, y como no contestaba... 

Joaq. Yo no creí que la pregunta del doctor había 

de tener consecuencias .. 

Ram. ¿Carta de un médico? Pero si no sé... (Mirando 

á todos.) 

Ant. Iba á decírtelo cuando llegaste, pero tú... 

Joaq. Yo ta lo explicaré. El otro día recibí carta 

de un médico de París, que debe ser una 
celebridad, diciéndume que tu prima estuvo 
á las puertas de la muerte, y que encontrán- 
dose algo mejor, quizá viniera aquí para res- 
tablecerse (a Mr. Aibert.) Decía, Quizá... 

Mr. Alb. Sí, pero cuando á la señorita Daniela se le 
antoja algo, délo usted por hecho en el acto. 

Ram. (a don Joaquín.) Siga usted, siga usted 

Joaq. Y me pedía informes acerca de las condi- 

ciones climatológicas y sanitarias de este 
pueblo. Yo pensé contestar á mi colega que... 

Mr. Alb. ¿Pero le ha contestado usted? (dou Joaquín dice 
que no con la cabeza.) Pues entonces es inútil la 
contestación. 



— 15 — 

Ram. (a don Joaquín.) Si usted me hubiera hablado 

de esa carta yo le hubiera contestado lisa y 
llanamente que... 

Joaq. Pero si estabas en la feria cómo había de 

hablarte... 

Ant. Ayer vino á decírtelo. 

Joaq. Como supongo que sólo se trata de una con- 

sulta, y nada más, yo pienso contestar á la 

Carta que (Ramón da muestras de impaciencia.) las 

condiciones sanitarias del pueblo, mírense 
del lado que se miren, son excelentes; y, por 
lo tanto, la enferma puede venir cuando 

quiera. (Mr. Albert ríe al oir al Doctor ) 

Ram. No, no; permítame usted, don Joaquín: no 

me meto en que el pueblo sea sano ó no lo 
sea; pero me opongo en absoluto á que esa 
mujer venga á mi casa. Ya lo oye usted, (a 
Mr. Albert.) Y perdone mi franqueza. Puede 
usted decir á... la Daniela que no pondrá 
más los pies aquí, porque la cerraría mi 
puerta aunque estuviera muñéndose. Creo 

que hablo bien claro. (Se levanta dando por ter- 
minada la visita. Mr. Albert sigue sonriéndose, me- 
ciéndose en la silla con las manos en los bolsillos y mi- 
rando á don Joaquín.) 

Mr. A ¡ b. Sí, sí, ya he comprendido. 

JOAQ. ¡Hombre! Me parece... (como' si fuera á reñirle y 

reprimiéndose.) Aunque bien mirado, estas son 
cuestiones de familia en que yo no debo in- 
miscuirme. 

Ram. (con emoción creciente ) De familia no; la Da- 

niela hace ya mucho tiempo que no es de 
nuestra familia. Durante muchos años la 
creí muerta... hasta que un amigo me contó 
que la había visto bailando en un café-con- 
cierto de no sé qué pueblo. 

Mr. Alb. |Oh! ¿Cuánto tiempo hará ya de eso? 

Ram. Antes de conocer á ésta; (por Antonia.) y hace 

doce años que nos casamos. 

Mr. Alb. Ya decía yo; porque ahora no sale de París, 
como no sea para alguna tournée en Alema- 
nia, Bélgica... (Ramón se encoge violentamente de 
hombros.) 

Joaq. Pues hemos acabado... 



- ib — 

Mr. Alb. (a Ramón.) La posición de ella ahora es muy 

diferente. . (Queriendo decir que está rica y puede 
luego arrepentirse de no haberla recibido.) 
RAM. (Ofendido.) Mire USted... (Conteniéndose.) Que la 

curen los que fueron causa de su enferme- 
dad. Nosotros somo3 muy felices sin ella., 
como ya ella lo ba sido sin nosotros... 
Joaq. (a Mr. Aibert ) ¿Quiere usted creerme? Pues 

vamonos... Este es muy testarudo, (caminando 

hacia la puerta.) 

Ram. ¡Don Joaquínl Si no fuera usted quién es, le 

diría... 
Joaq. Dilo, hombre, dilo. 

Ram. Que es muy fácil ser generoso y tener gran 

corazón por cuenta ajena. 

ANT. (Conteniéndole.) ¡Ramón! 

Joaq. ¿Qué sabes tú? ¿Qué sabes tú? Tú sólo has 

visto al mundo por un agujero. Se entra de 
muchos modos en la vida; unos Dacen de 
cabeza; y otros nacen de pies, y no tienen 
más que echar á andar. Pero desgraciado 
del que al nacer trae herencia maldita de 
sus padres y de sus abuelos. De hombre á 
hombre hay muchas diferencias y yo te po- 
dría contar muchas cosas. Tú crees que los 
hombres son como esos rebaños que com- 
pras y vendes, y tan preocupado te tienen; 
que donde va una oveja van todas. Claro: 
hablarle de otra cosa á este egoísta que sólo 
vive para el negocio, es perder el tiempo; la 
cuestión es el corral, y los prados y engordar 
las bestias. ¿A quién se le ocurre traerle aquí 
á una pobre enferma? Una carga inútil, un 
estorbo á él, á quien todo prospera hace 
tantos años. Van bien los negocios, ¿eh? 

(Dándole golpes en el hombro.) Pues nada, nada; 

duro, duro... y que aumente la hacienda... y 
aprovecharse, que el tiempo es oro .. ¡Vaya 

Conque adió?, adiós! (Mr. Albert, se burla disimu- 
ladamente de Ramón.) 

Ram. Espere usted, don Joaquín .. no se marche... 

Si otro que no fuera usted me dijera todo 
eso que usted me ha dicho, acabaríamos 
muy mal... Pero con usted, ésta lo sabe, no 



— 17 — 

puedo enfadarme nunca. No quiero que este 
caballero me tome por lo que no soy .. 

Ant. Cálmate, Ramón, cálmate. 

Joaq. Déjale que hable. Eso quiero yo, que se ex- 

plique. 

Ram. No me gusta hablar de eso... pero puesto 

que es preciso... (Se encoge de hombros y se diri- 
ge á Mr. Aibert.) Escuche usted. Esa mujer le 
habrá dicho a usted que somos una familia 
desnaturalizada, que la abandonamos; y que 
al verse sola, la necesidad... la miseria... 

Mr. Alb. Pero, señores: yo no creo nada; yo no sé nada. 

Ram. Pues nada de eso es cierto... la Daniela que- 

dó sin padre ni madre, cuando tenía siete 
años... Su madre era muy buena; una infe- 
liz que se empeñó en casarse con un perdi- 
do, medio francés, medio andaluz, que na- 
die supo de dónde venía. La madre murió 
de una paliza; y al padre, que era contra- 
bandista, lo encontraron una madrugada en 
un barranco, entre Francia y España, muer- 
to de una borrachera. A la cbica, claro está, 
la trajimos á casa; mis padres la trataban 
como hija, yo como hermana; seis años 
la llevaba yo, y ya digo, la quería como 
hermana, (cada vez más emocionado.) Pero como 
era muy rara y parecía tener raptos de 
locura llorando y riendo á lo mejor por 
cualquier cosa, mi padre le puso algunas 
veces la mano encima. Yo trataba de dis- 
culparla; pero el padre tenía tema con ella... 
y con razón... aunque algunas veces, la ver- 
dad, se excedía. Y vean ustedes si tenía ra- 
zón mi padre, que allá para cuando cum- 
plió los catorce años, un día pasaron por el 
pueblo unos cazadores franceses; al llegar 
la noche no encontramos á la JDaniela por 
ninguna parte. Recorrimos el pueblo ente- 
ro .. y nada... Yo creí que me volvía loco... 
llegué á imaginar que había rodado por al- 
gún despeñadero y el río la habría arrastra- 
do... Y tan apenado estaba, que quise m¡i- 
taime; créanlo ustedes. Me había acostum- 
brado á vivir con ella, á sufrir sus rarezas y 



- 18 - 

no me conformaba á perderla... Aquellos 
días anduve de masía á masía, y de pueblo 
en pueblo, preguntando á todos por ella, 
hasta que supe que la habían visto atrave- 
sar la frontera en un carruaje, con aquellos 
franceses, loqueando y riendo con todos 
ellos... (a Mr. Mbet ) Y esa que usted conoce 
es aquella Daniela, por quien yo hubiese 
dado la vida... y que no se ha acordado más 
de mí, ni del pueblo. Y ahora que está en- 
ferma, sola, aborrecida de todos, quiere vol- 
ver á esta casa. ¡Pues no será! Que se mue- 
ra lejos y que la entierren en cualquier rin- 
cón que á mí nada me importa, (siempre muy 
emocionado.) Yo tengo mi mujer y mis hijos 
y soy feliz porque creo en Dios y nunca hice 
mal á nadie, sino bien á todo el mundo. 

Ant. (calmándole.) Bueno. No hables más de eso. 

Ya ven ustedes cómo se pone. 

Joaq. ;Ya, ya! No parece sino que es cosa de ayer, 

y hace más de quince años que pasó. 

M:<.Alb. (siempre con soma.) Aquí, señores, se está su- 
friendo una equivocación, (por Ramón.) Este 
caballero, por lo que veo, cree que la señori- 
ta Daniela es pobre y que sería para él una 
carga pesada. No hay nnda de eso. La se- 
ñorita Daniela es rica, muy rica. 

Ram. ¿Qué dice usted? ¿Que es muy rica? Pues 

peor entonces, menos quiero verla. ¿Qué se 
ha figurado usted de nosotros? 

Mr. Alb. (con cinismo.) Pues, francamente, no lo com- 
prendo. 

Ram. ¿Y cómo hizo esa fortuna? Vamos á ver, 

¿cómo la hizo? 

Mr Alb. Como se hacen muchas fortunas. Como se 
puede. 

S?j.\q. (a Mr. Aibert.) Vamonos, vamonos. 

Ram. ¿De modo que usted la defiende todavía, 

aun sabiendo lo que ahora sabe y conocien- 
do la vida que después ha llevado? 

Mr. Alb. (Como la cosa más natural del mundo.) ¡PefO SÍ todo 

eso que usted me ha contado me lo había 
contado ella muchas veces! ¿Y quién cree 
usted que soy yo? 



— 19 — 

JOAQ. (insistiendo en llevarse á Mr. Albert.) VámOllOS. 

Ram. Sí, sí, don Joaquín; hágame usted el favor 

de llevarse á ese individuo. 
Mr. Ai.b. (siempre cínico.) Ya ve usted cómo me trata. 

(a don Joaquín.) 

Joaq. (a Mr. Albert.) Sí, pero pongamos las cosas en 

su lugar. Yo recibí una carta de un colega 
de París; después me rogó usted que por 
tratarse de una enferma que iba á llegar al 
pueblo le acompañara á esta casa; nada 
más Por lo tanto conste que yo no tengo 
otra intervención en este asunto. 

Mr Ai.b. Y yo por mi parte me lavo las manos. 

Joaq. Hará usted muy bien en lavárselas. (Ramón 

habla acaloradamente con Antonia que trata de sose 
garle.) 

Mr. Alb. Soy un criado de la señorita Daniela y me 
ha encargado esta comisión. La hice y ya 
estoy de más aquí. 

Joaq. Así me parece. Y yo también he terminado 

COn USted; muy señor mío. (Saludando ceramo 

niosamente.) 

Mr. Alb. Servidor de ustedes; pero debo advertirles 
que cuando menos lo piensen se encuen- 
tran aquí con la señorita Daniela. 

Ram. Usted le dirá que no lo intente. 

Mr. Alb. ¿Yo? Ya les he dicho á ustedes que cuando 
se le antoja algo, puede ya darse por hecho. 
La última noticia que tengo es que ha sali- 
do de París; ya puede haber llegado, quizá 
esté aquí ya. 

Ram. ¿Aquí? Aquí soy yo el amo y veremos. Us- 

ted lo pase bien, señor doctor. 

Joaq. Adiós, muchacho. 

Mr. Alb. Servidor de usted. 

Ram . (saliendo por ei foro.) Dios le dé á usted mejor 

oficio. 

Mr. Alb. (Riendo.) ¡Gracias, gracias! 

Ant. Usted, perdone, señor doctor; ya conoce us- 

ted su genio. 

Mr. Alb. (Andando hacia la puerta con don Joaquín ) ¿Su- 
pongo que me permitirá usted volver á la 
villa en su carruaje? 



_ 20 — 

JOAQ. No hay inconveniente. (Desaparecen.) 

Ant. (Arreglando las sillas.) ¡Cuánto me han hecho 

Sufrir! (Sale por la derecha.) 



ESCENA VII 

MONSA y ANA 

Vienen del exterior. Monsa trae á Ana de la mano. Caminan lenta- 
mente 



MONSA 

Ana 
Monsa 

Ana 

Monsa 



Ana 

Monsa 

Ana 

Monsa 

Ana 

Monsa 

Ana 

Monsa 

Ana 

Monsa 

Ana 

Monsa 



Ana 

Monsa 

Ana 



Mons; 



(Acabando de enseñarle una canción. ) 

«Esto es milagro del cielo...» 

«Esto es milagro del cielo...» 

«Milagro que Dios nos manda ..» 

«Milagro que Dios nos manda.» 
¿Me enseñarás otra luego? 
Sí, sigue: 

«Ya descuelgan al doncel. .» 
¡Anda, dilo! 

«Y ya cuelgan al doncel...» 
Ya le descuelgan, digo. 
Ya lo cuelgan. 
No; no. Atiende, mujer, no te distraigas: 

«Ya descuelgan al doncel...» 

cYa descuelgan al doncel.» 
«Y cuelgan á la criada.» 
«Y descuelgan la criada.» 
No. Y la cuelgan. 
¿A quién? 
A la criada, mujer. 
Sí, ya sé. 

«Y descuelgan la criada.» 
Vaya, dejémoslo estar, y que Dios haya 
perdonado á la criada. Pero si no atiendes, 
no te enseñaré más canciones. 
¿Cómo que no atiendo? ¡Miren con lo que 
sale ahora! 

¿Y no pelearás más con Filomena? 
Si es que dice que es mejor pasanta que yo. 
Mira si se queja alguna cuando yo hago de 
pasanta. 
Sí: la Filomena. 



— ti — 

Ana «Y descuelgan la criada.» 

(Reparando en la muñeca que está sobre una silla.) 

Mira la muñeca: tómala. 
Monsa ¡Pobrecita muñeca! ¡qué frío va á tener sin 
ropa. , 

ANA Sí que lo tendrá. (La tapa con el delantal.) 

Monsa Le haremos un vestidito, ¿en? 

Ana Pero de mujer grande; porque ella ya es 

grande. Ten las tijeras. ¿Y con bolsillos, 

verdad? 

MONS* Con dos bolsillos. (Cortando la tela.) 

Ana Y después la casaremos. ¿Quieres que la ca- 

semos? (Monsa sigue cortando sin responder.) ¿'^On 
quién la casaremos? 

Monsa Yo no sé: eso ella lo dirá. 

Ana ¡Ella! Ella no dice nada; ella se casaría con 

todo el mundo. ¡Qué bonita va á estar! ¿Y 
por qué no quieres que la lleve á la escuela? 

Monsa Porque te distraes con ella. 

Ana Ya sé con quién la casaremos. Con el cabri- 

to de casa de Pelucón. ¿Eh? ¡Con el cabrito 
de casa de Pelucón! 

Monsa Bueno, sí. 

Ana ¡Anda, qué pareja! Sólo que el cabrito es un 

demonio. Me la estropeará, hija, me la es- 
tropeará. 

MONSA (Maquinalmente.) Sí, SÍ; tienes razón. 

Ana ¿Y tú no te casarás nunca? 

•Monsa ¿Ves? éstas son las mangas. 
Ana ¡Qué elegante estará la enredadora! ¡porque 

es más enredadora!... v Monsa no contesta.) 

¡Monsa! 
Monsa Ahora con cuatro puntadas... ya verás, ya 

verás... 
Ana ¡Monsa! ¡Monsa! 

Monsa ¿Qué? 

Ana ¿Tú no te has casado nunca? 

Monsa Nunca. 
Ana Nunca, ¿eh? ¿Nunca? 

Monsa No. 

Ana Pues cásate, hija, cásate. 

Monsa Sí, sí, bueno. 
Ana ¿Y por qué no te has casado nunca? (Monsa 

calla ) ¿Por qué?... ¿por qué?... ¡dilol 
Monsa Verás qué hermosa está la muñeca. 



— 2-' — 



ESCENA VIII 

MONSA, ANA, VALERIO y después ANTONIA.' Valerio entra muy 

resuelto; va hacia la derecha, y antes de desaparecer por la puerta 

corre hacia la izquierda y entra por una de las dos puertas de la iz- 

■ quierda 



ANA ¿A ver? (Mirando lo largo del vestido de la muñeca.) 

A mí no me gusta con cola. 
Monsa Sí, mujer, lo nacemos de cola. 
Ana No, hija, no; porque esta señora en seguida 

se revuelca por el suelo. 

MONSA (a Ana que le quiere quitar la muñeca.) ¡Suelta! 

Ana (Tirando de la muñeca ) Te digo que se revuelca 

por el suelo 
Monsa ¡Que te vas á pincharl 
Ana Que no quiero vestido de cola. 

MONSA (a Valerio, que sale de la izquierda ) Valerio, ¿de 

dónde vienes tan sofocado? 

Val. De meter un duro entero en la alcancía; de 

tan gordo como es, no quería pasar. 

Ana ¿Un duro? ¿Un duro entero? 

Val. Sí; un duro que no es como los de por aquí. 

Me lo ha dado Una señora muy guapa 

Monsa (Que sigue cosiendo ) ¿Quién dices que te lo ha 
dado? 

Val. ¿Qué sé yo quién es? Me mandó el amo lle- 

garme hasta el Pujal para ver si venía el 
rebaño. Pues... del coche bajaron dos se- 
ñoras. 

MoNSA ¿De qué COChe? (Dejando de coser.) 

Val. Si te lo estoy diciendo; que yendo al Pujal, 

me encontré un coche á la salida del pue- 
blo, y del coche se apearon dos señoras. La 
más guapetona me preguntó que de dónde 
era yo, y al contestarle que de casa de Ra- 
món Anglada, se puso á palmotear y á reir. 
Sí, sí, á reir diciendo: ¡Un mozo de casa Ra- 
món! ¡un mozo de casa Ramón! ¡Mira tú 
qué cosa! 

Monsa ¿Y si fuese la Daniela? 



— ±ó — 

ANA ¿Qué Daniela? (Monsa recoge la costura.; 

Val. ¡Cá! La Daniela es pobre, y esa señora me 

ha dado un duro por nada... Y me vuelvo al 
Pujal á ver si viene el rebaño, (sale corriendo ) 

Ant. (viene por la derecha.) ¿Qué le pasa á Valerio? 

Monsa ¿No sabes? Han llegado al pueblo dos se- 
ñoras. 

Ant. ¿Y piensas que tal vez?... 

Monsa Si supiéramos que venía... ¡Bien pudiera ser 
ella! 

Ant. ¡Ay, Virgen Santa! ¡Monsa, no me lo digas! 

Monsa Pero como no sabemos de cierto que venga... 

Ant. Sí, Monsa, sí. Está ya en camino. Lo ha di- 

cho ese señor. 

Monsa ¡Cómo me alegraría que fuera ella. 

Ant. ¡Dios nos libre! Ramón no la quiere ver... Y 

si se atreve á venir... 

Monsa ¡Qué alegría si es ella! 

ANA (Que viene de la puerta exterior.) ¡Madre, madre! 

En la plaza hay dos señoras. 
Monsa Voy corriendo... 
Ana No te vayas, Monsa. (a Ana que voivia hacia la 

calle.) Tú, aquí quieta. 
Monsa ¡La quiero tanto!... ¡Está tan sola como yo 

la pobre! 

Ant. (a Ana que vuelve hacia la puerta.) ¡Ana! 

Ana (Muy contenta.) ¡Vienen aquí, vienen aquí! 

MüNSA Ella es. ¡Qué hermosa está! (Va á salir y Anto- 

nia la detiene.) 

Ant. Por amor de Dios, no me dejes. Ramón ar- 

mará un escándalo. 

Monsa Mejor sería que la dijésemos la verdad; que 
Ramón no la quiere en su casa. 

Ant. No; delante de mí, no. 

Monsa No la habría conocido. ¿Quién se atreve á 
echarla. 

Ant. ¡Calla, calla! Ramón la echará. (Antonia se 

lleva á Monsa hacia la derecha, lejos del portón, donde 
queda Ana.) 



u 



ESCENA IX 

ANTONIA, MONSA, ANA, DANIELA y JEANNE 
DAN. (Entra muy emocionada medio riendo, medio llorando.) 

¡Ah! Pues no sé, no. Desde fuera me parecía... 
pero lo encuentro todo tan pequeño... (ue pron- 
to gran alegría.) ¡Sí, sí; es aquí, es aquíl Un día 

me Caí por esa escalera. (Ríe y palmotea. Después 
repentinamente queda muy seria como si hubiera senti- 
do una punzada en el corazón.) Aun Se me COnOCe 

la señal en la frente. Y el padre de Ramón, 
mi tío, la bajaba poco á poco, poco á poco, 
pam, pam, pam... Ramón en cuatro saltos; 
y yo muchas veces á orcajadas en el pasa- 
manos... Qué bien respiro aquí... y por el 
camino me ahogaba... (Ana ríe.) Mira este en- 
canto COmO Se ríe. (Fijándose en .Antonia y Mon- 
sa.J |Ah! (Las saluda con ligera inclinación de cabeza. ) 

Monsa (a media voz.) Muy buenos días. 

A nt. Muy buenos. 

Dan. Buenos días. No quise que nadie me guiara. 

Bajé del coche á la entrada del pueblo y me 
dije: á ver si das con la casa, y ya ven uste- 
des, la encontré, (a Jeanne.) ¿No es verdad 
que la encontré yo sola? 

Jeanne Sí, sí. 

Dan. Pero juraría que todo es más pequeño. Esta 

sala me parecía antes tan grande, que no se 
acababa nunca. ¿Y Ramón? ¿dónde está? 
¿dónde está? 

ANT. Ahora'Vendrá. (Sigue hablando sola con Monsa.) 

Dan. ¿Tú no te figurabas así la casa, verdad? Pues 

aquí está la salud. (Mirando alrededor.) Todo es 

salud aquí. 

ANT. ¡Ana! Llama a tu padre. (*na no la oye embe- 

becida en la contemplación de JDaniela.) 

Dan. ¡Ramón! ¡Ramón! (a Antonia y Monsa.) No pue- 

den ustedes figurarse la alegría que siento 
al llamarle. 

Monsa Como nadie sabía... 



Dan. (a Jeanue.) ¡Qué saltos me da el corazón! Me 

acuerdo de unas cosas tan raras... de cuando 
era niña... 

ANT. Voy á llamarlo yo. (Sale por el fondo muy angus- 

tiada.) 

Dan. (a jeanne.) He vivido aquí muchos años... 

¡Quién lo diría! No quería morirme sin vol- 
ver á ver todo esto, (a Ana.) ¡Ven tú, ven acá! 

MONSA Vé, mujer, vé. (Ana se acerca á Daniela.") 

Dan. ¡Qué monísima es! ¡Qué bonita! 

Ana Sí, señora. 

Dan. ¿Y... quién eres tú? 

Ana Soy la Ana. (con prosopopeya.) 

D\N. Oigan... ¡La Ana! (A Jeanne. Riéndose é imitando 

á la niña.) Dice que es la Ana. 

Monsa Es hija de Ramón. 

Dan. ¡Ahí (con tristeza.} ¿Tiene una hija tan creci- 

da? ¿Se casó, eh? 

Monsa Sí, señora. 

Dan. ¿Y usted será... su mujer? 

Monsa ¡Oh, no! Yo soy... ¿No se acuerda usted de 
mí? ¡Monsa! .. 

Dan. ¡Monsa!... ¡Monsa!... (Recordando.) No, no me 

acuerdo... Tengo tan mala memoria... 

Monsa (con tristeza.) [No se acuerdal 

Dan. ¿Será usted aquella niña presumida que 

siempre andaba tan compuesta?... 

Monsa No, no. Yo siempre fui muy pobre. Yo era 
una... que la quería á usted mucho, mucho, 

mucho. ¿No recuerda? (Ana hace rato que enseña 
á Daniela su muñeca sin lograr llamar su atención 
hasta ahora.) 

Dan. Quítame eso de delante, (mendo.) ¡Si no tie- 

ne figura humana! ¡Yo te compraré otra 

muy hermosa... Ana! (Pronuncia el nombre con 
prosopopeya como antes y mirando á Jeanne.) ¡Ks la 
Anal (Se pone repentinamente seria.) No sé lo que 

me pasa. Río y no me falta nada para llo- 
rar. ¡Cuántos años pasaron sin acordarme 
de nada! Y ahora, si no veo en seguida á 
Ramón, creo que me moría, (se lleva las manos 

al pecho. j 

Monsa Siéntese usted. 

Dan. (sentándose.) ¡Jeanne! Pronto... dame eso... 



- 26 — 

(jeaune le da á oler un pomo de esencia que ha saca- 
do del saquito de viaje.) 
A NT. (Entrando, aparte á Monsa.) ¡Qué impresión le ha 

hecho la noticia! (Muy asustada.) | Ya viene! 
Monsa ¿Le digiste que estaba enferma? 
A nt. Sí, sí, pero á pesar de todo, ¡la echará! ¡la 

echará! 
Monsa Voy allá... Eso no puede ser... (se oye la voz de 

Ramón ) 

Ant. ¡Ya está aquí! 

Monsa (Deteniéndose.) ¡Alabado sea Dios! 

Dan. (Al oir la voz de Ramón dirigiéndose á Antonia y 

Monsa.) ¿Es Ramón, verdad? ¡Sí, sí, es Ra- 
món! ¡Qué alegría tan grande! 



ESCENA X 

DANIELA, ANTONIA, MONSA, ANA, JEANNE y RAMÓN 

Mam. (a media voz entrando) ¿Dónde está? ¿Dónde 

está? 
Dan . (Echándole los brazos al cuello.) ¡Ramón! ¡Ramón! 

¡Ramón de mi alma! 

RAM. (Rechazándola con violencia.) ¡Quita! ¡Quita! ¿Por 

quién me tomas? (Al empellón de Ramón, Daniela 
hubiera caído á no sostenerla Monsa.) 

Dan. ¡Ah! ¡Dios mío! 

Monsa (indignada y á media voz ) ¡Mal corazón! ¡Qué 
mal corazón tiene este hombre! 

4nt. (Aparte á Ramón.) (¿Qué haces, Ramón?) 

Ram. (Muy emocionado.) ¡Ahora se acuerda... de nos- 

otros! ¡Ahora! ¡Cuando ya nadie la quiere- 

(Al fijarse en ella, queda muy sorprendido de su her- 
mosura.) 

Monsa (a jeanne.) Sentémosla aquí. (Bajo.) ¡Es una 
fiera! (Alto.) Yo la sostengo. Así está bien. 

(Antonia también se acerca á auxiliarla.) 

Dan. ¡Me ha rechazado! ¡Me ha rechazado! (poco á 

poco empieza á llorar. Pausa. Después pregunta á Mon- 
sa.) Pero, ¿qué le he hecho yo? ¿qué le he 
dicho? No, no debe ser Ramón, no. Ramón 
me quería, Ramón no me maltrataba... Y 



- 27 - 

cuando otros me maltrataban él me defen- 
día... y lloraba de rabia cuando no podía 
defenderme. (Llora con desconsuelo.) ¡Ay! Jean- 
ne, debí morirme en París .. Bien me decías 
que no viniese, que nadie me ampararía... 
No, no me quieren. . ¡Vamonos, vamonos! 
¡Aquí me moriría! (con desesperación.) ¡Y aquí 
no quiero morirme! ¡Nol ¡A morir en la 

Calle! ¡En la calle! (Se pone de pie, sostenida por 

las mujeres.) ¡Soltadme, soltadme! ¡Quiero 
irme! ¡Quiero salir de esta casa! (vuelve á caer 

sentada en la silla.) ¡No puedo! ¡No puedo! 

Monsa (Aparte.; (¡Malas entrañas! ¡Infame! ¡Mal 

hombre!) 
Ant. (a Monsa, por Ramón.) Habíale tú. Convéncele. 

(Monsa, sin escuchar á Antonia, sigue al lado de Da- 
niela. Antonia vuelve al lado de Ramón y parece su- 
plicarle que no eche á Daniela.) 

Dan. (Notando que Monsa Hora.) ¿Tú también lloras? 

¿Por qué lloras? 

Monsa Por... usted. Porque la hacen sufrir. 

D*n. ¡A ver! ¡Mírame! ¡Mírame! 

Monsv ¡Pobre Daniela! 

Dan. ¡Ah! ¡Ahora te conozco! (seria y resuelta.) Por 

el llanto te conocí. Tú eres una que siem- 
pre llorabas por mí. (Enternecida.) Y que me 
engañabas llorando. ¡Tú eres tú! ¡La Monsa! 

¡La Monsa! (Se abrazan estrechamente.) 
ANA (a Ramón.) ¡Padre! (Ramón no le hace caso.) 

Monsa ¡Sí, sí, yo era yo! 

Dan. (Aun abrazadas.) ¡La Monsa! ¡La Monsa! 

Ana ¡Padre! ¡No quiero que se vaya esa señera! 

¡Me ha prometido una muñeca! 
Ant. ¡Mira cómo esta! ¡Pobrecilla! ¡No la eches 

ahora! (Ramón vuelve la espalda á Antonia para ocul- 
tar su emoción.) 
MoNSA (Corriendo haeia Ramón, suplicándole con vehemen- 

cia.) JSsCUcha, Ramón. (SI no se mueve y sigue 
sentado, con los brazos sobre la mesa.) ¡Escucha! 
(Se arrodilla á su lado, asiéndole las rodillas. Antonia 
se acerca al grupo de Ramón y Monsa, y Ana, que va 
á su lado, dice.) 

Ana ¿Se irá? Madre, ¿se irá? 

Monsa (a Ramón.) ¡Por el amor de Dios, no la eches! 



— 28 — 

¡Ten compasión! ¡Di una palabra de consue- 
lo á esa desgraciada! 
Ram. ¡Desgraciada.no! ¡Es una perdida! (La última 

frase apenas se oye, porque Monsa le ha tapado la boca 
con su mano.) 

Monsa ¡Calla! ¡Calla! 

Ram. Una perdida, sí. ¡No sabes tú el daño que 

me ha hechol ¡Ni tú lo sabes, ni ella tam- 
poco! ¡Nadie lo Sabrá nunca! (Daniela se levan- 
ta, sostenida por Jeanne y Antonia.) 

Monsa Bueno, sí. Pero está enferma, (siempre á media 

voz. Ramón se encoge de hombros.) Déjala estar 

aquí unos días... Por lo menos hasta ma- 
ñana. 

Ram. No sabes lo que pides. ¡Ojalá se hubiera 

rauerto! 

Monsa ¡Tú no eres malol No quieras parecer lo. 

Ram. ¿Qué sabes tú lo que soy? 

Monsa Habíala. Dila algo. 

Ram . ¡No, eso no! 

Monsa ¡Por tus hijos, Ramón, por el amor de tus 
hijos! 

Ram. (con horror.) ;Por el amor de mis hijos! ¡No 

sabes lo que dices! ¡Que se vaya! ¡Que se 

vaya! (la segunda vez lo ha dicho bajo, porque, al 
levantarse, él y Daniela se encuentran de frente ) 
Dan . (Apartando á Monsa, que se interpone entre ella y Ra- 

món ) ¡Sí, sí, ya me voyl ¡Déjale, Monsa! ¡Me 
voy, me voy! Pero antes de irme dejarme 
que le mire. ¡Hace catorce años que no le 

Veía! (Va á replicar Ramón, y ella le interrumpe.) 

Por culpa mía, ya lo sé, solo por culpa mía. 
¿Trato yo de disculparme? Bien s sé que no 
merecíais que os dejase y huyera como 
una... 

Ram. Como una... 

Dan. Como una perdida. Dilo, dilo y no apartes 

los ojos para decirlo. ¡ Mírame, mírame! Aun 
cuando sea para insultarme me gusta que 
me mires. Mirándonos veo al otro Ramón, 
que unas veces me protegía y otras veces 
peleaba conmigo. Yole llamaba desde lejos, 
cuando venía del monte con su padre... (imi- 
tando cómo le llamaba antes ) ¡Ramón, Ramón! 



— 29 - 

(Ramón, al oírse llamar, se vuelve instintivamente ha- 
cia Daniela.) 

MONSA (Que ha notado el movimiento y cree que le va á in- 

sultar.) ¡No, no por Dios! 

L/AN . (Riendo nerviosamente al par que llora.) Y Cuando 

llegaba me echaba á su cuello. ¡Ramón, he 
cogido violetasl ¡Ramón, te traigo fresones! 

Y con el afán de dárselos pronto, se los re- 
fregaba por la cara. Y otras veces: ¡He visto 
un nido de perdices, Ramón! Pues al nido. 

Y como las perdices escapaban desparra- 
mándose, á perseguirlas torrente abajo, en- 
charcándonos, arañándonos, llenándonos de 
sangre entre los espinos, para coger las re- 
zagadas; y en cuanto las agarrábamos, á sol- 
tarlas otra vez, para que gozaran de la vida 
las pobrecilias. Y yo un día también me es- 
capé como ellas hacia el torrente; y después 
eché alas y volé, volé ... no sé por dónde, 
basta que me sentí herida; y antes de mo- 
rir, he revoloteado como ellas hacia el sitio 
donde tuve mi nido, hacia esta casa. (Daniela 

ha ido bajando la voz; al decir «mi nido > se golpea el 
pecho, expresando la convicción de derecho que tiene 
de volver entre los euyos. Cuando dice «hacia esta 
casa», habla tímidamente, pensando, que la rechazan ) 

Ram. Sí, sí; pero entonces nada te importó de mi, 

ni ríe mi padre ni de tí misma. Con el pri- 
mero que te dijo vente, con aquel te fuistes, 

para Ser Una perdida. (Va hacia ella como si fuera 
á pegarla, pero revelándose en él el enternecimiento ) 

Dan. Tienes razón, pero no me maltrates. Ya me 

voy, ya me voy. Ahora sí que no volverás á 
verme nunca; sigue, sigue siendo feliz como 
fuiste hasta ahora. 

Monsa Déjale ¡Vamonos, Daniela, vamonos! 

Dan. i Jeanne! En seguida á la estación. Y otra vez 

á París, á vivir como vivía, á seguir siendo 
lo que era, lo que quiere Ramón que siga 
siendo, cuando me manda que me vaya. 

Ana (a Antonia, en voz baja.) ¿Y la muñeca? 

Monsa (Aparte.) ¡Ramón! (viéndole la cara ) ¿Lleras? ¡Sí, 

SÍ lloras! (Satisfecha.) 

Ram. Mira... que se quede. Pero que no sepa An- 



— 30 — 

toilia que yo lo he dicho. (Monsa corre á de- 
círselo á Daniela.) 

Ant. (a Ramón.) La dejas que se quede, ¿verdad? 

R.AM. (Esquivando la mirada de Antonia.) No fié... ¡Allá 

vosotras! ¡Haced loque queráis!... Pero has- 
ta mañana; nada más que hasta mañana. 

Dan. (a Monsa) ¡Ah! Sí, Dios mío, sí; porque me 

sentía morir. 

Monsa Calla, no le digas ahora nada. 



ESCENA XI 

DANIBLA, ANTONIA, MONSA, ANA, JEANNE, RAMÓN VALERIO. 

Después TOMASA, PONA, ANDRÉS y algunos hombres y mujeres 

más, y por último, MR. ALBERT cuando el diálogo lo indique 



Val. (Entrando á Ramón.) Está llegando el rebaño. 

He visto la polvareda. 

Ram. Déjame. ¡Que llegue! (Pasándose la mano por la 

frente.) Antonia, aun no he visto al niño; va- 
mos á verle 

A.NT. ¡Está más hermoso! (Entran los dos en el cuarto 

de la derecha.) 

Dan. ¡Qué contenta estoy, Dios mío! Jeanne, ¿y 

mis equipajes? ¿Habrán llegado ya? (jeanne 

sale por el fondo. Entran Tomasa, después Andrés, 
después Pona y otros vecinos. Jeanne, antes de salir, 
ayuda á Daniela á quitarse el sombrero.") 

Tom. (a Monsa.) ¿Es esta señorona? 

Monsa Sí, sí; pero no la molestéis; está muy deli- 
cada. 

And. Ya nos hemos enterado. Y es muy rica. Ahí 

fuera está un carro lleno de baúles y de ma- 
letas 

Pona (a Daniela.) Señora, muy buenos días. 

Tom. Dios guarde á usted, señora, (i)anieia contesta 

al saludo.) 

Dan. ¿No decías que no sabía nadie mi llegada? 

Monsa Ha traído la noticia un caballero. 

Dan. ¡Ah, sí! ¿Y dónde está Albert? Todavía no 

le he visto. 
Pona Si puedo ser útil... (a Monsa.) 



— 3( - 

Monsa No, gracias. 

Mr. Alb. (Entrando.) Gracias á Dios que encuentro á la 
señorita. 

Dan. ¿De modo que le envío delante para que 

prepare todo, y usted nada hace? Ni aun es- 
taba en la estación para esperarme. 

Mr. Alb. Creí que aquel tren .. 

ToM. Si me necesita la señora... (Daniela no le hace 

caso.) 

Dan. (a Mr. ubert.) Usted nunca sabe nada, ni me 

sirve para nada. 
Mr. Alb. Estuve con el médico. . 
Dan. (Muy nerviosa ) ¡Qué médico! Ahora mismo 

toma usted el tren, vuelve á París y despide 

á toda la servidumbre, toda, toda; y cierra 

la casa. ¡Ah, y me trae usted á Frou-frou! 

¡Pobre Frou-Frou! Todo el viaje he pensado 

en él. 
And. Si quiere usted hospedarse en mi casa, es 

muy grande y... 
Tom. En casa acabamos de encalar y las paredes 

• están como la plata. (Fntretanto Daniela, que no 

les escucha, saca un puñado de billetes de Banco que 

entrega á Mr. Albert.) 

Dan. Tome usted, y pague todo. Yo aquí me que- 

do por ahora. (Dirigiéndose á todos.) Hasta que 
levante un chalet aquí enfrente. Se llamará 
«Villa Daniela.» ¿Qué les parece? (iodos 
aprueban ) Mañana mismo hablaré con un ar- 
quitecto, porque se ha de construir pronto, 
pronto. Y el día que se acabe la obra convi- 
do á todo el pueblo. (Gran algazara) Y habrá 

Una fiesta que... (Llega hamón; Monsa se dirige a 
él para recomendarle prudencia; Daniela calla al verle; 
Antonia que vuelve con Ramón, se dirigirá á la puerta 
del foro izquierda y dirá á Jeanne que entre alli los 
equipajes por ser aquel el cuarto que destina á Da- 
niela.) 
Dan. (Yendo hacia Ramón lentamente.) ¿Ya UO Seremos 

enemigos? 

Ram. (Muy conmovido.) [No! 

Dan. Pues... ¡amigos! 

R.AM. (Tomándole la mano que suelta en seguida.) Sí. 

Dan. Muy amigos, ¿verdad? muy amigos. 



— 3á - 

R,AM. |Sí, SÍ! (La segunda vez con decisión. Antonia se acerca 

a ellos.) Mira, Antonia, mi mujer; la madre de 

ésta y de aquél. (Señalando á Ana y al cuarto de la 
derecha donde se supone estar el niño.) 

Dan. (con nobleza.) Seremos también buenas ami- 

gas. ¡Ya verás! 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



© 



íSj^a,; 



:*GXt>* 



ACTO SEGUNDO 



La misma decoración dei anterior. A la derecha de la escena una 
cuna en la que duerme un niño. Cae la tarde. 



ESCENA PRIMERA 

ANl ONI A, sentada cerca de la cuna, cosiendo. Después de levantar- 
se el telón MONSA entrará por la puerta del foro que se supone co- 
munica con el exterior. Se oye el martilleo de los picapedreros que 
construyen el chalet. Cuando el diálogo lo indique se escuchará en el 
exterior la voz de DAN1ELA 



MoNSA 



Ant. 

MONSA 

Ant. 

Monsa 

Ant. 

Monsa 



Ant. 



(Entrando.) No sé por qué duermes tan pronto 
a ese án^el de Dios. Así no es extraño que 
os dé malas noches. 
Tienes razón. 
¡Claro, mujer! (pausa.) 
Lo mismo me decía antes Ramón. 
Ya ves tú. También Ramón lo dice. 
No; lo decía. Ahora no le importa nada de 
nada. 

No lo creas, Antonia. Es que tiene muehos 
quebraderos de cabeza con esa casa que está 
haciendo Daniela... ¡Ha de ocuparse de 
todo!... ¡Y con el afán que tiene ella por ver- 
la pronto acabada 1 

Sí, sí; eso será, (pausa.) ¿Y tú? ¿Ya despa- 
chastes á las chicas? 



_ 3i — 

Monsa Por hoy, sí. ¿Y Ana? ¿Dónde está? Esta tar- 
de no ha venido á la escuela. 

Ant. Está en la obra con la Daniela y con su pa- 

dre. ¡Por más que le digo que no se mueva 
de mi lado, nada! Esa mujer todo lo arras- 
tra... Todo, todo lo arrastra... (va cesando el 

trabajo de los picapedreros.) 

Monsa ¿Oyes? Ya dejan el trabajo los albañilef . Vln 
tan poco tiempo ¡cuánto adelantó la obra! 
Apenas hace un mes que empezaron. 

Ant. Mucho, mucho adelanta. 

Monsa ¡Hay tanta gente trabajando!... Por cierto 

que al pasar me dijo la Daniela que te espe- 
raban para cenar. 

Ant. (giemprc con tristeza.) Sí, ahora, por capricho 

de ella, cenamos en el cobertizo, á la luz del 
día, viendo cómo se pone el sol. Y cada cena 
es una fiesta. 

Mon- v Mejor. Señal de que se va poniendo buena. 

Ant. (preguntándola de pronto.) ¿Y aun sientes lásti- 

ma de la Daniela? 

Monsa Siempre me dará lástima. Y no porque esté 
enferma, sino por la mala cabeza que tuvo. 

Ant. Y yo ¿no te doy lástima? 

Monsa ¿Tú? ¿Por qué? 

Ant. Porque soy la mujer más desgraciada del 

mundo; porque Ramón ya no es el mismo 
para mí. Me lo ha cambiado, me lo ha ro- 
bado esa mujer. 

Monsa Pero Antonia, ¡por el amor de Dios! ¿Qué 
te pasa? 

Ant. Sí, Monsa, sí. No conozco á mi Ramón. 

Siempre fué áspero y desabrido; no me im- 
portaba; era su modo de ser; pero ahora ni 
me habla, ni me mira, ni se ocupa de sus 
hijcs, que todos sus pensamientos son para 
esa mujer. 

Monsa Eso no es verdad; lo que quiere es que se 
acabe pronto la obra y se vaya ella á fu 
casa. 

Ant. Tú quieres engañarme, Monsa. A tí tampo- 

co te gusta lo que está haciendo Ramón. 

Dan. (Desde dentro.) ¡Antonia! ¡Que estamos ce- 

nando! 



— 35 ~ 



MONSA 

Ant. 



Monsa 
Ant. 



Monsa 

Ant. 
Monsa 

Ant. 
Monsa 



¿Oyes? Ella misma te llama. ¡Ancla, vél 
No, no voy. No puedo ponerle buena cara. 
Que cenen ellos: yo no les serviré de es- 
torbo. 

No tienes razón en eso que dices, Antonia. 
Ya estoy cansada de sufrir. Delante de ella 
pediré á Ramón que la eche de casa; y si no 
la echa, cojo á mis hijos y me voy con ellos 
á mi pueblo, á casa de mis padres. ¡Y pen- 
sar que me empeñé tanto en que s.e quedara 

COn nOSOtrOS' (Llora amargamente.) 

Mira, Antonia, ten calma. Hablemos sin 
pasión; yo te convenceré de que todo eso son 
cavilaciones tuyas. Ella nunca supo disimu- 
lar, y si... estuviera enamorada de Ramón, 
capaz sería de decírselo á todo el mundo. 
Ya te voy entendiendo á tí también. ¡Como 
es rica!... 

Y yo soy pobre ¿no es verdad? ¡A.hora sí 
que te compadezco! Muy desesperada debes 
de estar para hablarme de ese modo. 
Sí, muy desesperada. ¡Tanto que quisiera 
morirme aquí, ahora mismo! 
Sosiégate, que alguien viene. ¡Ah! El señor 
doctor. 



ESCENA II 



ANTONIA, MONSA, DON JOAQUÍN 



Joaq. 
Ant. 

Joaq. 



Ant. 

Monsa 

Joaq. 



Monsa 



(Aparte.) Aquí está Antonia. 

(Sin levantarse del asiento.) Buenas tardes, Señor 

doctor. 

Como no te he visto cenando con la familia, 
dije para mi capote: puesto que ya has visi- 
tado á Daniela entra á saludar al ama de 
casa, y aquí me tienes. 
Muchas, gracias, señor doctor. 
Y á Daniela, ¿cómo la encuentra usted? 
Contentísima; y sería la mujer más feliz de 
de la tierra, si todos la ayudáramos un po- 
quito á serlo. 
Es decir que está ya completamente buena. 



— 3b — 



JOAQ. 



Ant. 

MONSA 
JOAQ. 



MONSA 
JOAQ. 

MONSA 
JOAQ. 



Ant. 

JOAQ. 

Ant. 
Joaq. 



MONSA 

Joaq. 
Ant. 



No; eso no. |PobrecillaI Lo que hace falta es 
que procuremos entre todos que no tenga 
motivo de' disgusto, que tratemos de no con- 
trariarla en nada... ¿Oyes, Antonia? 
Sí, señor, sí. 

Bueno... pero usted cree que no está grave, 
¿verdad? 

¡Grave, grave! (Resolviéndose a decir la verdad.) 

La Daniela no curará nunca. Me explicaré. 
Al día siguiente de llegar, recibí otra carta 
de su médico diciéndome que la enferme- 
dad dfi Daniela, según yo tendría ocasión de 
ver, era mortal de necesidad, y que el mal 
estaba ya muy avanzado. (Hablando en voz. 

baja.) , 

¡Ay, Virgen Santísima! ¿Qué es lo que tiene, 
señor doctor? 

¡Qué es lo que tiene! ¡qué es lo que tienel 
¿Cómo os lo explicaré? Sufre del corazón... 
y cuando el corazón está lesionado tan gra- 
vemente... 

¡Dios mío, Dios mío! ¡Cúrela usted, señor 
doctor, cúrela! 

Pero chiquilla, ¿sabes lo que me pides? Es 
como si me dijeras: ¡vuélvase usted joven, 
señor doctor, vuélvase usted jovenl Cuando 
nos empiezan á tironear del otro mundo, 
toda resistencia es inútil. Que no la moles- 
ten en lo más mínimo, vuelvo á repetir. ¿Me 
entendéis? A tí sobre todo te lo encargo, An- 
tonia. 

¿Á mí? ¿Y por qué á mí más que á los 
otros? 

Encargo de médico, no te ofenda?. 
Está bien, está bien. 

(Despidiéndose de Monsa.) No Va por tí lo que 
digo. TÚ eres Una Santa. (Haciéndole una ca- 
ricia.) 

Sí; buena santa nos dé Dios. (Apartándose.) 
(a Antonia.) Tú también lo eres, sino que aho- 
ra andas un poco torcida. Y cuídate, que 

tienes mala cara. (Se dirige hacia la puerta.) 

¡Oiga usted, señor doctor! ¿Le ha encargado 
usted á Ramón lo que á mí me encarga? 



— 37 — 



JOAQ. 



Ant. 

JOAQ. 

Ant. 

Monsa 

JOAQ. 



Sí, él ha sido quien me rogó que te lo encar- 
gara, y hasta me dijo que te riñera un po- 
quito. 

(Reprimiéndose.) ¿Conque ha sido Ramón? 
Quedamos en que te he reñido mucho y en 
que has prometido ser buena. 
¡Sí, señor, sí, señor! 
]Muy buenas tardes, don Joaquín! 
(saliendo.) Aun he de hacer tres visitas. ¡Bue- 
nas tardes! 



ESCENA III 



ANTONIA y MONáA 



Ant. ¡Ya lo has oído: ni está enferma, ni nada, 

esa sinvergüenza! 

Monsa ¿Cómo que no está enferma? 

Ant. No lo está, no; Ramón y el señor doctor se 

han puesto de acuerdo... quieren que me 
consuma y me muera de pena. ¡Ramón! ¡Ra 
neón decir de mí lo que ha dicho al señor 
doctor! ¡Que yo tengo mal corazón! 

Monsa ¡Pero si no ha dicho eso! 

Ant. ¡Y que tú eres mejor que yo! ¡Y que yo he 

de hacer que sea feliz la Daniela! 

Monsa ¡Antonia! ¡Escucha! 

Ant. (sin hacerla caso ) ¡Y es mi marido quien me 

lo encarga! ¡Que sea yo su criada, mientras 
ellos aquí, delante de mí!... ¡Infames! (se oye 

en el exterior una carcajada de Daniela; después ríen 
Daniela y Ana.) 

Monsa ¡Que viene la Daniela! 

Ant. Pues no me verá llorar, que se alegraría. 

Monsa ¡Por Dios, Antonia, ni una palabra! ¡Por tu 

bien! ¡Por el bien de todosl 
Ant. ¡No, no! ¡Si estoy muy alegre! ¡Si me río 

como ella! (Ríe.) ¿Por qué no he de reírme 

yo también? 
Monsa ¡Serénate, por Dios, serénate! (Antonia se sienta 

y vuelve á coger la costura. Monsa en- otra silla con- 
tinuará tejiendo ) 



— 38 



ESCENA IV 

DANIELA, ANTONIA, MONSA y ANA que trae en brazos una mu- 
ñeca grande y hermosa 

Dan. (a Antonia) ¡Ya te podíamos estar esperando 

para cenar! ¿Ve^? ya hemos acabado. 

Monsa ¡Cenáis tan temprano!... 

A.na ¡Madre, madre! ¡He comido unas cosas más 

raras! 

Dan. Todo le llama la atención á esta criatura. 

Ant. i Ven acá tú! ¿Por qué no fuiste á la escuela? 

Ana Estuve con padre 

Dan. No la riñas. Yo tuve la culpa. 

Ant. No tienes que estar con tu padre, sino con- 

migo. El niño, tú y yo, aquí en casa, ¿en- 
tiendes? 

Ana ¡Que vas á pinchar á la muñeca! 

Dan. (a Monsa.) He despedido á Jeanne, ¿sabes? 

Monsa ¡Ah! ¿Sí? 

ANA (Cogiendo la sombrilla de Daniela.) Dame; la lle- 

varé á tu Cuarto. (Daniela se deja eoger la sombri- 
lla sin darse cuenta de ello Ana la lleva a su cuarto.) 

ANT. (Llamándola.) ¡Ana! (Al oirse llamar, Ana corre al 

cuarto de Daniela, deja la sombrilla y vuelve en segui- 
da. Se ha de notar que prefiere siempre estar al lado de 
Daniela ) 

Dan. (Hablando de jeanne.) Va se fué. Tenía nostal- 

gia. (Burlándose.) Se pasaba el día llorando, y 
yo no quiero á mi lado gente que llore, de- 
seo ver á todos dichosos... (con intención.) Que 
todos me quieran, que nadie me aborrezca. 
¡Qué cosa más extraña, Monsal Necesitaba 
un cariño diferente del que allá me tenían. 

(Se acerca á la cuna y mira cómo duerme el niño.) 

jCómo duerme el angelito! ¡Qué hermoso es! 
¡Mirad, mirad lo que hace! ¡Estará soñando 
que regaña con los ángeles y pone unos ho- 
ciquitos!... ¡Ay! ¡Que se despierta, que se 

despierta! (Mueve suavemente la cuna y canta á me- 
dia voz.) 



— 39 — 

ANT. (a quien Monsa ha podido contener hasta ahora, se di- 

rige rápidamente hacia la cuna.) No Se despierta, 

no. 
Dan. Sí, sí; no hagas ruido, (sigue cantando.) 

MoNSa ¡Antonia! (Para que se contenga.) 

ANT. (Haciendo un esfuerzo para contenerse ) Déjale, dé- 

jale: á tí no te conoce. 
Dan. (Á Monsa, apartándose un poco de la cuna.) ¡Cómo 

me gusta meter la mano debajo de la alrno- 
hadita; siento un calorcillo que me enamo- 
, ra! (a media vo:«.) ¡Mira, mira á la Antonia! 
¡Qué envidia la tengo! ¡qué envidia la tengo! 
¡Qué feliz es con el niño! 

MONSA (Que se ha quedado mirando á la cuna como Daniela.) 

Sí, sí; muy feliz... ¡coa: o que es su hijo! (a 

media voz y con tristeza ¡í Daniela.) ¡Qué hermoso 

es ser madre! (Muy íntimo.) 

Dan. (Como avergonzada.) [Madre!... ¡Pti:!... ¡Qué sé vo! 

(Lo dice con despecho y encogiéndose de hombros; des- 
pués con un sollozo y volviéndose de espaldas para 
ocultar su emoción.) ¡Yo 110 lo Sé! ¡Yg no lo Sé! 

¡Yo no lo sabré nunca! 

ANA (a Daniela, dándole la muñeca, que Daniela toma ma- 

quinaimente.) Haz tú dormir á esta. 

Dan. (Aparte.) (¡Pasan los años y el alma enveje- 

ce!... ¡Sola, siempre sola!... ¡Sin amor verda- 
dero!... ¡Sin nada mío!...) (Resbala la muñeca de 
sus manos y cae al suelo, sin que ella s "> dé cuenta.) 

ANA (Recogiendo la muñeca y separándose un poco de Da- 

niela.) ¡Me la va á matar! ¡Pobrecita mía! 
¿Tienes tú pupa? 

M'íNSA (Que se había quedado pensativa, hace un movimiento 

como si quisiera apartar de sí una idea dolorosa.) 

¡Bah!... Ven, Daniela, ven. ¿Adelanta mucho 
la obra, no es cierto? 

Dan. (Saliendo de su arrobamiento.) No lo Creas... esa 

gente no se mueve... quería estrenarlo para 
la fiesta mayor, pero ¡cá!... (Está algo distraída 

mirando hacia la cuna.) 

Monsa Si ya está muy próxima la fiesta mayor. 

Dan. ¡Por eso me desespero!... Primero una pie- 

dra... luego otra... después otra... ¡qué fasti- 
dio!... ¡Yo que siempre lo hice todo!... (com- 
pleta la idea un movimiento.) 



- 40 - 



MONSA 

Dan. 



MONSA 

Dan. 



MONSA 

Dan. 

Ant. 



Monsa 
Dan. 



Monsa 
Dan. 



Ant. 
Dan. 



¡Pero si solo hace un mes que llegaste! (An- 
tonia vuelve á sentarse y á coser.) 

(con alegría.) Sí, sí, un mes. ¿Y no me encon- 
tráis muy cambiada? Hay momentos en que 
llego á creer que jamás salí de este pueblo... 
Cuando tomé el tren creí que me volvía loca 
de contento... Media hora después ya esta- 
ba arrepentida del viaje y quería retroceder. 
Empecé á echar de menos á Frou-frou, mi 
perro... qué tontería, ¿verdad?... pues no po- 
día apartarle del pensamiento... tanto que 
Richard, Huguette, todos, querían conso- 
larme. (Ríe de sí misma.) 
¿Quienes son esos? 

I Ahí ¡Sí! (Riendo porque Monsa no la ha entendido.) 

Pues son mis compañeros de troupe, que 
venían en el mismo tren. Me aseguraron 
que al regresar á París se detendrían aquí 
para hacerme una visita... (pequeña pa'usa.) 
¡Frou-frou!... Figúrate que el pobre animal 
no se separó de mí durante toda mi enfer- 
medad. . Llegué á creer que sin él me mo- 
riría de pena... Después me han escrito que 
se perdió... y ahora apenas si le recuerdo. 

¡Pobre animalito! (Antonia ríe sarcásticamente.) 

(a Monsa.) Pero no vayas á creer por eso que 

tengo mal corazón. (Riendo.) 

(insistiendo.) Creo que habrás llorado más 

por el perro de lo que lloraste al escaparte 

de esta casa. 

(Aparte.) (¡ Ay, Dios míoi) 

^Después de una pausa y muy conmovida ) i UfíB 

mira, lloré mucho. (Antonia se ríe.) ¡Mucho! 
¡Mucho! 
¡Antonia! 

(con timidez.) Me fui porque el padre de Ra- 
món me pegaba. (Antonia hace signos negativos. 

nanieía se exalta.) Y porque yo era entonces 
medio loca: ya lo sé. 
¿Sólo entonces? 

Tienes razón... Era muy loca, y aun no es- 
toy curada del todo... Ño, no soy romo vos- 
otras... Mi cabeza no está firme... Hoy pien- 
so una cosa, mañana otra... pero quiero ser 
distinta de lo que he sido. 



- 4, — 



Ant. 

Monsa 

Dan. 



Monsa 
Dan. 

Ant. 

Dan. 

Ant. 
Dan. 



Monsa 
Dan. 



Ant. 
Dan, 



Ant. 
Dan. 



Ant. 



¿Quieres. . quieres?... 

(Procurando desviar la conversación.) ¡\ amos, por 

Dios, dejar esol 

Y no lo dudes, he cambiado ya mucho. Y 
aunque no lo creas... lloré cuando me fui de 
esta casa... Sí, sí; lloraba un día y otro día... 

lloraba Sin Consuelo... (Pausa Bajando la voz y 
enterneciéndose gradualmente.) Pero no lloré 

siempre .. Poco á poco fui olvidando y reía... 
Reía... de todo y de todos... Después... des- 
pués... ¡me parece mentira! pasaron muchos 
años sin acordarme de cuanto aquí dejé... 

(Tapándose la cara con las manos.) 

(Procurando distraerla.) Bueno, bueno. Eso ya 

pasó... Ahora á cuidarse... ¿Cómo te encuen- 
tras hoy? 

Estoy muy bien. Nada me duele. Son te- 
mores ridículos de mi médico de París... y 

del médico de aquí... (Con mucho cariño á Anto- 
nia, que desdobla unos pañales, cogiéndolos de una 

silla donde estaban ) ¿Qué vas á hacer, Antonia? 
Ocuparme de los míos... Voy á mudar al 
niño. 

(Secándose los ojos apresuradamente.) ¿Sí? ¡Deja 

que lo mude yo! ¡Anda! 
No, no... eso no... 

(Con alegría y atolondramiento.) Si SÓ mudarle... 

verás, verás qué bien lo hago... Me recojo la 
falda y... ¿No se hace así, Monsa? (Antonia si- 
gue preparando los pañales y la faja.^ 
Sí, sí, Antonia, déjala que lo haga ella. 

(Sentándose con la falda recogida ) Traédmele en- 
seguida... Traémele, Antonia. (Antonia pasa por 

delante de ella para ir hacia la cuna. Daniela la coge 
del vestido.) 

¡Déjame en paz! ¡Suéltame! 

(suplicando.) ¡Por Dios, Antonia! ¡Déjame al 

niño! Yo le vestiré y luego le dormiré en mi 

falda. (Abrazando á Antonia ) 

¡Te digo que me dejes! 

¿Por qué me tratas así? ¡Déjame' al niño! 

(Riendo.) Pues si no me lo dejas lo cojo yo... 

¡Verás CÓmO lo Cojo! (Corriendo hacia la cuna.) 

¡Déjale! ¡Aparta! ¡Déjale! 



- 42 — 
Dan. (f.lega á la cuna riéndose cariñosamente.) Ya le 

cogí... ya le tengo... 

ANT. (Apartándola violentamente.) ¡Fuera de aquü 

¡Este niño tiene padre y madre! ¡Busca uno 
que no se sepa de dónde ha venidol ¡De los 
que tú conocerás! 

Dan. (Cayendo sentada en una silla.) ¡Ay, DÍOS mío'... 

¡Dios mió! .. (Llevándose las manos al pecho y con 

gran angustia.) ¡Se me parte el corazón!... 

MONSA (Procurando tranquilizarla.) ¡Daniela!... ¡Daniela! 

Dan. (a Monsa.) Tiene razón... Pero yo en su lugar 

no seria tan cruel. 

Ant. (a Ana.) ¡Tú! (Ana no la hace caso.) ¡Anal ¡Ayú- 

dame! ¡Coge la cuna, te digo! Vamos á lle- 
varla al Cuarto. (Ana pone la muñeca atravesada á 
los pies de la cuna ) Cógela por los pies, anda! 

(Regañándola porque se distrae mirando á Daniela) 

{Espabílate! ¡Anda, anda (se llevan la cuna por 

la puerta de la derecha. Antonia sale caminando de es- 
paldas y sin perder de vista á Daniela.) 

Dan . ¡El alma se me va tras esa cuna! 

MoNSA (Pasándole la mano por los cabellos y teniéndola medio 

abrazada.) ¡Pobre Daniela! ¡Pobre Daniela! 



ESCENA V 



DANIELA v MONSA 



Dan. 

Monsa 
Dan. 



Monsa 
Dan. 



Monsa 

Dan. 

Monsa 

Dan. 



¡Ya es tarde para mí!... ¡Ya es tarde!... 
¡Oh, no!... ¡eso no! 

(Acordándose de pronto de cuanto le ha dicho Anto- 
nia.) Pero, ¿por qué me trata así? ¿Por qué? 
¡Ahora mismo vo}' á preguntarle... 
(Deteniéndola.) No, déjala, déjala. 
¿Qué la hice yo? ¡Ni aun me deja mecer la 
cuna del niño! ¡No se la puede sufrir! Afor- 
tunadamente, Ramón es muy bueno. 
Tranquilízate... Tenemos mucho que hablar. 
¡Oye! ¿Y tú, por qué me quieres tanto? 
Porque siempre te he querido. . y porque... 
yo soy así. 
(pausa.) Sí... y yo soy de otra manera... (voi- 



- 43 — 

viendo de pronto á su idea anterior.) ¡Esa mujer 

me matará! ¡Me aborrece, me aborrece! ¿Qué 
daño le hago yo queriendo al niño? (cambian- 
do nuevamente de idea.) Dime, ¿110 has tenido 

nunca amante? 

Mons\ ¿Novio querrás decir? 

Dan. Sí, eso; novio. 

Monsa Uno tuve... 

Dan. ¡Cuenta, cuenta! Aunque ya me lo figuro .. 

uno que prometió casarse contigo ... tú ce- 
diste... y después... voló, ¿eh? 

MoNSA (Riendo con tristeza.) ¡Oh, no, no! (üaniela parece 

dudarlo.) Te digo que no. 

Dan. No se puede confiar en ningún hombre. No 

saben querer, ¿comprendes? no saben que- 
rer. ¿Y dónde vive ahora ese? 

Monsa En otro pueblo. 

Dan. ¿Y por qué no os casasteis? 

Monp\ Fuimos novios y nos queríamos mucho. 
Pero supe un día que había engañado á una 
muchacha... que tenía un hijo... y no paré 
hasta que logré casarlos. 

Dan. ¿Y tú? 

Monsa Pobre y sola estaba antes de conocerle... sola 
y pobre quedé... y ahora enseño á las niñas 
del pueblo... Poco gano, pero con ese poco 
me basta; vivo con nada, como los pájaro?; 
sino que algunas veces no llega ni aun para 
leña... (Riendo.) y entonces, cuando tengo 
mucho frío en la escuela, me rodean las ni- 
ñas, muy juntitas, muy apretaditas, y con 
sus besos y sus abrazos espantan el frío. 

(Pausa.) 

Dan. ¿Y qué te dice él cuando os encontráis? 

Monsa (con resignación ) ¡Adiós, Manuel! le digo yo... 

— ¡Adiós, Monsa! — me contesta... y nada 

más. 
Dan. ¿Y por qué no te casas con otro? 

Monsa ¡Oh, no, no! ¡A él solo he querido... á él 

solo... y á nadie más! 

Dan. ¡A él Solo! ¡A él SOlo! (Baja la cabeza avergonzada; 

de pronto abraza á Monsa y le da un beso en la fren- 
te.) Eres una santa, Monsa, una santa. Tie- 
nes mi edad y me parece que beso á una 



— 44 



MONSA 

Dan. 



MONSA 

Dan. 

MüNSA 

Dan. 



Monsa 
Dan. 



hija. (Pausa. Mira hacia el cuarto de Antonia.) |Me 

habéis hecho mucho daño! 
¿Yo, Daniela? 

Antes Antonia... tü ahora. Tú más que ella, 
pobre Monsa. ¡Siento unos deseos de mar- 
charme... si supieras! 
I Marcharte! ¿Qué estás diciendo? 
Yo no debí volver. 
¡Por el amor de Dios! 

Me marcho á París, me marcho. Aquí todos 
me desprecian ó me aborrecen... Allí aun 

Sd'é joven V hermosa. (Con atolondramiento) 

¡Me voy, me voy! 

¿Y la casa que estás haciendo? 

Ni me acordaba de ella... (Preocupada con la idea 

de la casa.) ¡Y ahora que se acabará tan pron- 
to!... El balcón aquel que ya están á pun- 
to de... 



ESCENA VI 

DANIELA, MONSA, RAMÓN y VALERIO. Este con varios rollos de 
planos y dos ó tres libretas 



Ram. 

Dan. 
Ram. 
Dan . 

Ram. 
Dan, 



Ram. 



Dan. 

Monsa 
Ram. 



(Entrando.) Mañana traerán la balaustrada del 
balcón. 

(Entusiasmada.) ¿Sí? ¿La del balcón central? 
(sacando una carta.) Carta del marmolista. 
¿La colocaran mañana mismo? 
Mañana, si tú te empeñas. 
¿Y podremos asomarnos en seguida, ¿ver- 
dad? (Ramón hace signos afirmativos.) Pues nOS 
asomaremos tú y yo los primeros. (Ríe con al- 
borozo.) 

(Hiendo.) Muy bien pensado; así se hará, (a Va- 
lerio.) Deja eso aquí y ya puedes largarte. 

(Ayuda á Valerio á colocar los planos sobre la mesa. 
Valerio se va.) 

Ya no me voy, Monsa, ya no me voy. (con 

gozo y aturdimiento.) 

¡Qué pena tenía de que te fuerasl 

(Desdoblando los planos sobre la mesa y de espaldas á 



- 45 - 

las dos mujeres.) Tenemos mucho que hacer, 
Daniela; por eso he traído los planos. 

Monsa (Aparte á Daniela.) Hemos de hablar de la An- 
tonia... y de ese. (Por Ramón.) 

Dan. ¿De qué se trata? Dímelo, dímelo. 

Ram. ' (contrariado y brusco.) ¡Monsa! ¿Todavía estás 
aquí? 

Monsa Tú y yo solas. [Adiós, adiós! (sale coriendo.) 

Dan. ¡Adiós, adiós! 



ESCENA VII 

DANIELA y RAMÓN 

Ram (Revolviendo los planos.) Ven acá; tienes que dar • 

me tu opinión sobre muchos cosas. 

Dan. (Alegre.) Todo lo que quieras: ¡eres más 

bueno! 

RAM (Desarrollando el plano de la fachada del chalet.) 

Mira, fíjate. 
Dan. Ya me fijo. 

Ram. Dice el señor Felipe que si quieres que la 

torre remate como está aquí ó de esta otra 

manera. . (Desarrollando otro ) 
Dan. (Mirando al primer plano.) |MáS alta! ¡Mucho 

más alta! 
RAM. Calma, mujer, calma. (Enseñándole otro piano ) 

Aquí está. ¿Que te parece esta otra torre? 
Dan. ¡A ver, á ver! (Midiendo la tone.) Ten bien el 

papel; más derecho, hombre, más derecho. 

(Le da un golpe con el plano arrollado y ríe con estré- 
pito. El sigue muy serio. Después de medir la otra to- 
rre, ella dice:) Más alta, más alta. ¿Qué se ha 
figurado ese señor don Felipe? 

R^m. Ya le he dicho que la querías más alta, pero 

me hizo la observación de que tal como está 
proyectada casi seria tan alta como el cam- 
panario de la iglesia. 

Dan. Es decir, que ni aun ésta llegaría á la altu- 

ra del campanario. Pu^s no la acepto, no la 

acepto. (Arrojando el plano sobre la mesa.) Yo 

quiero ver el campanario abajo, muy abajo. 



Figúrate la torre muy blanca, muy esbelta 
y con sus tejas doradas allá arriba, allá arri- 
ba, y el campanario pequeño, rechoncho y 
negruzco allá abajo, como si fuera un chi- 
quillo á quien la torre protejiera. (Bromeando.) 
Pero, ¿qué dices tú de eso? 

Ram. No Sé: ¡diría tantas COSas!... ^Arrollando los pla- 

nos.) Corriente; se hará como tú dices... y al 
que no le guste que se aguante. 

Dan. ¿Qué dices? 

Ram. Que al que no le guste que se aguante; no 

parece sino .que todo el mundo tiene dere- 
cho á meterse donde no le llaman. 

Dan. ¿Y en qué se meten? 

Ram. En nada. Hablemos de otra cosa. 

J)an. No, no. Quiero saberlo. 

Ram. Pues te lo diré. El señor párroco dice que no 

puede consentir que la torre de tu casa aver- 
güence al campanario de la iglesia. 

Dan. ¿Que no puede consentir?... ¿Querrá ser el 

dueño de los espacios? 

Ram. Pues hemos discutido mucho, mucho... Se 

metió en lo que no le importa... Y tanto 
dijo, que de no ser quien es, y de no recor 
dar yo el respeto que se le debe, le hago tri- 
zas. 

Dan. Hablastáis de mí, ¿eh? 

Ram. De tí... y de otros. 

Dan. ¿También le estorbo? ¿Y tú me defendis- 

te?... |No me defiendas, Ramón; créeme, no 
me defiendas... no lo merezcol 

Ram. Dejemos eso y vamos á otra cosa. Hice mu- 

chos pagos. . aquí tienes la nota. (Abriendo la 
cartera.) Y aun me ha sobrado mucho dine- 
ro. (Mostrando varios billetes.) 

Dan . Guárdalo, que ya lo irás necesitando. 

Ram. No, no, ténlo tú. 

Dan . ¿Te ha dicho también el señor párroco que 

no me lo guardaras? 
Ram. Mejor sería que no tuvieras un céntimo. 

Dan . (Guardando el dinero.) ¡Pobre Ramónl ¡Tú si que 

me quieresl (Refiriéndose al cariño de hermano.) 
Ram. (Con tristeza y sin poder disimular.) Sí, SÍ; aún te 

quiero. (Apartándose de ella.) 



— 47 — 

Dan. ¿Aún? ¿Por qué dices aún? (El se aparta hacien- 

do violento movimiento negativo.) Será tal vez que 

aún me odies. 

Ram. Tienes muchas ganas de broma y yo no estoy 

de humor para seguirla. 

Dan . (cariñosa.) ¡Siempre tan arisco! Lo mismo que 

cuando era un chiquillo. Has sido un erizo 
toda la vida: no sé cómo note han salido púas 
por todo el cuerpo. Cuando yo quería acari- 
ciarte y te echaba los brazos al cuello rien- 
do como una bienaventurada, tú bajabas la 
cabeza, poniendo cara de facineroso. ¡Mira, 
lo mismo que ahora! ¡Ay¡ ¡qué miedo! 

Ram. (con voz ronca.) ¿Y íe atreves á recordarlo? (a 

media voz.) ¡Yo sólo te doy miedo! 

Dan. (Riendo con cariño ) Pero á pesar de eso, siem- 

pre tan amigos, ¿verdad? 

Ram. (Con sequedad.) Sí. 

Dan. Porque ahora seremos siempre amigos... si 

tú quieres, se entiende ... si no vuelves á mar- 
tirizarme como el primer día. (En voz baja.) 

Ram. (con vehemencia.) ¿Me prometes, me juras que 

no te irás nunca? 

Dan. Sí. De todo corazón te lo prometo; te lo juro; 

no me iré, no me iré nunca de aquí. (Todo 

esto dicho naturalmente sin el menor asomo de amor.' 1 

Ram. ¡Gracias, Daniela, gracias! y... escucha. (Que- 

da callado un rato no atreviéndose á decir lo que que- 
ría.) ¡Gracias, gracias, gracíasl 

Dan. ¿Qué ibas á decir? 

Ram. Nada. Que me alegra mucho tu resolución. 

Dan . No era eso lo que ibas á decir. Vaya, á de- 

cirlo en seguida. 

Ram. Bueno, sí. No era eso lo que iba á decir... 

pero no ¡o diré. 

Dan. ¿Que no? ¿Sería tal vez algo triste 9 (con cari- 

ño y poniéndole una mano sobre el hombro.) ¡Quiero 

que lo digas! 
Ram. ¡No, no. Tampoco cuando éramos chicos 

quise decírtelo nunca. (Ella aparta la mano del 
hombro de Ramón y se pone muy seria.) Y ahora... 

menos aún... Vaya, vaya, me voy... (Arreglan- 
do ios rollos de papeles.) Ya hemos acabado ía 
tarea. 



- 48 - 
Dan .. Pues yo voy un rato á casa de la Monea, (va 

á salir ) 

Ram . (Dejando los planos.) No; quédate un poco más ... 

(Nervioso.) Me ocuparé en algo, y mientras 
tanto hablaremos. 

Dan. (Con severidad.) ¿De qué? 

Ram. ¡Bahl... de lo que tú quieras, (se sienta.) ¡No 

te Vayas! (Agitado al ver que Daniela se dirige hacia 

la puerta.) [No quiero que te vayas! 
Dan . Pero si no tenemos nada que hablar. 

Ram. (violento y emocionado.) Te digo que no salgas, 

porque... cuando sales á estas horas, tengo 

miedo de que no vuelvas. (Eabioso.) ¡No te 

vayasi 

Dan . (Se le queda mirando. Pausa.) ¡Ramón! (El se pone 

de pie y se pasea. Ella sigue mirándole.) ¡Escucha! 
(Deteniéndole) ¡Una pregunta! (El se detiene.) 

Cuando me fui de esta casa, ¿estabas... (Re- 
suelta.) enamorado de mí? ¡Contesta! 

Ram. ¿Yo de tí? ¿Si estaba enamorado de tí? ¿Y 

¿por qué me lo preguntas? 

Dan. Ño sé por qué... Porque se me ha ocurrido 

ahora... Y sentiría que así fuera y yo no lo 

hubiera Sabido. (Anochece lentamente ) 

Ram . ¿Y por qué lo sentirías? 

Dan. (Queriendo cortar la conversación.) Por nada, por 

nada. Lo dije por decir algo. 

Ram. (ofendido.) ¡Ah! Ya me figuraba yo que lo di- 

rías... por decir... 

Dan. Pues te engañas Lo sentiría, sí lo sentiría; 

porque si tú me hubieras enamorado, tal 
vez te hubiera amado yo, y sujeta aquí por 
tu cariño hubiera sido tu mujer, y Ana y el 
niño serían mis hijos... ¡Nuestros hijos, Ra- 
món! Y ahora no lo son... ¡y ni aun consien- 
ten que los quiera! ¡Qué desgracia, Ramón, 
qué desgracia! 

Ram. ¡Sí, sí, una desgracia; una desgracia muy 

grande! Yo no puedo callar más, no puedo, 
y quiero decírtelo todo. Sí, Daniela, sí; yo 
te quería, te quería con toda mi alma, y al 
marcharte sentí un vacío muy grande que 
nada podia llenar. Los primeros días quise 
buscarte allá, donde estuvieses, para matarte, 



— 49 - 

para besarte, para morir ó vivir contigo, ¡no 
lo sel ¡no lo sé! Y cuando iba á la villa el 
corazón se me escapaba tras los trenes que 
pasaban hacia Francia. Pero no tenía bas- 
tante dinero para el viaje; y para tenerlo, 
jugué; jugué y perdi; tan loco estaba, que 
para jugar más forcé el escritorio de mi pa- 
dre y robé; volví a jugar y á perder y á ro- 
bar; y seguí robando y jugando y perdiendo. 
Hasta que una noche me cogió mi padre 
forzando su escritorio, enfrascado en mi ta- 
rea de ladrón, ¡por tí, Daniela, por tí! ¿Y- sa- 
bes lo que hizo mi padre? Me puso la llave 
en la mano y me dijo con tristeza: ¿Por qué 
te lo llevas así, si todo es tuyo? y se marchó 
llorando. Dejé la llave en su sitio; la venda 
me cayó de los ojos y con toda el alma te 
maldije, te maldije, te maldije... 

Dan. ¡Ah! ¡Dios mío, Dios mío! (pausa.) ¡Nunca 

me dijiste nada! 

Ram. Porque no sabía decírtelo. Ni á mí mismo 

me lo había dicho. 

Dan. (mendo con tristeza ) ¡Enamorado de mí! ¡Y lo 

tuviste tan callado! ¡Quién había de decirlo! 
(Amargamente.) ¡Otros nunca me quisieron y 
me lo repitieron mil veces! ¡Y tú, tú has 
esperado catorce años para decírmelo! (me 

con desconsuelo.) 
RAM . (ofendido por esa risa cuyo significado no comprende.) 

¡Bien hice en callarlo! ¡No merecías, no, que 

te lo dijera! (Muy emocionado se dirige hacia la 
puerta.) 

Dan . ¿Que no lo merecía? ¿Y por qué? 

Ram . (con desprecio.) ¡Te estás riendo de mí! 

Dan. ¡Que me río! ¿Y no te da pena mi risa? 

Ram. ¡No, ninguna! (Resuelto.) ¿Tú, pena? Nunca 

la sentistes por nada ni por nadie. (Ella ríe 
# tristemente.) Tú fuiste siempre la misma. ¡Ve- 
te, vete donde quieras, vete! Mal empleada 
la compasión que en tí se pone... Si te hu- 
bieras casado conmigo, también me habrías 
dejado algún día para correr, para perderte 
como lo que has sido, como lo que eres... 
¡Bien has hecho en reírte de mi, bien has 



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hecho! (Hila, limpiándose las lagrimas, se levanta, y 
acercándose á la mesa, empieza á romper los planos 
lentamente, sin cólera.) 

Dan. ¡Está bien, está bienl Bien claro lo veo. Es 

tarde ya para vivir tranquila; no puede tor- 
cerse el agua de su curso, y aquí solo sirvo 
de estorbo. Nunca debe hacerse lo que yo 
hice, pero una vez hecho, imposible volver 
atrás; imposible, imposible... 

Ram . ¿Qué estás haciendo? ¡Estás rompiendo lo." 

planos! 

Dan. Tenía razón el señor párroco. Las piedras 

de la casa, todo cuanto aquí tengo se lo en- 
tregas; que derriben lo que haya edificado, 
y con los materiales de mi casa se levante 
el campanario. Yo quise remontarme, subir 
muy alto, y como no puede ser, á la tierra 
me vuelvo; en ella me arrastré, en ella he 
de seguir arrastrándome. 

Ram . ¿Por qué dices eso? 

Dan. No puedo hallar aquí el calor de familia 

que buscaba. Traigo conmigo la desgracia: 
para desgracia basta con la mía; no quiero 
compartirla con nadie, (va obscureciendo ) 

Ram. ¿Pero crees, Daniela, por lo que te dije, que 

te odio, que te aborrezco? 

Dan. Lo creo... y quiero seguir creyéndolo siem- 

pre; odio, cólera, aborrecimiento. 

Ram. Si yo no te aborrezco, si yo... 

Dan. (ron energía ) Sí, sí; y ni una palabra más. 

RaM . (Hablando al mismo tiempo que ella ) No te abo- 

rrezco, soy el mismo que era; arde mi cora- 
zón... cuando te hablo... 

Dan. (Tapándose los oídos.) ¡No quiero oirte! 

Ram. Yo por tí... 

DAN . (Casi al mismo tiempo que lo anterior ) Te digo que 

no quiero oirte. ¡No, Ramón! (con resolución.) 

¡Ramón! (Los dos reprimen la voz al bablar durante 
esta última parte de la escena.) 

Ram. ¡Me oirás, porque yo no quiero que te 

vayas! 

Dan . Una palabra más y salgo de esta casa para 

no volver, (éi cae sentado.) Si lo sé todo, des- 
graciado; si hace ya un rato que lo he com- 



prendido todo... y yo que he sido una mala 

mujer... (Él quiere interrumpirla.) Sí, SÍ; Una 

mala mujer... pero aquí soy una mujer hon- 
rada, tan honrada como cualquiera y no 
quiero causar la desgracia de nadie. Vine 
implorando por caridad el olvido de lo pa- 
sado, y tú solo has visto en mí lo que fui, 
la mujer fácil, la mujer de todos... ¡y yo 
aquí no quiero serlo! 
Ram. ¡La mujer de todos! No: al revés. Pero si no 

sé cómo hemos llegado á decir estas cosas; 
yo quería ocultar lo que siento, porque lo 
oue yo siento... 

DAN . ¡No quiero Serlo! (Refiriéndose á Id que dijo antes.) 

Ram. (Desesperado.) ¡Si tú te fueses, Daníela!... 

Dan. ¡No quiero serlo! ¡No quiero serlo! (mí™ hacia 

la puerta como si quisiera huir.) 

Ram. (cogiéndola por un brazo ) ¡Aquí, aquí te digo, 

y me has de prometer otra vez que no te 
marcharás! 

Dan. ¡Ya no puede ser, Ramón! ¡Ya no puede ser! 

Kam. ¿Porqué'? 

Dan. ¡Te perderías, pobre Ramón, te perderías 

(Va obscureciendo más.) 

Ram. (Resuelto.) ¡Pues bueno, que me pierda! ¡Ya 

nada me importa! ¡La suerte está echada!... 

(Va á seguir hablando.) 
Dan. (Conteniéndole.) ¡Calla! (Señalando la claridad que 

viene del cuarto de Antonia.) 

Ram. (Acabando la frase-.) ¡Y quiero perderme! 

DAN. (A media voz, señalando la luz que aumenta hacia el 

cuarto de Antonia.) ¡Mira, mira! 



ESCENA VIII 

DANIELA, RAMÓN y ANTONIA, que entra con un velón encendido. 
Daniela y Ramón se han separado al entrar Antonia 

A nt. ¡Buenas noches nos dé Dios! 

Dan. Buenas noches, Antonia. 

ANT. (Deteniéndose.) ¿Estorbo? 

Ram. Deja esa luz ahí... 



— 52 — 

ANT. (Pone el velón sobre la mesa.) No sé PÍ te acor- 

darás que mañana es la feria de Valclara. 

Ram. Ya lo sé. 

Ant. ¿No querías ir? Escribistes al mayorazgo 

Guillermas que te esperase allí. 

Ram. No voy á Valclara. Ya no me hace falta. 

Ant. Te lo digo porque hace tiempo que pensa- 

ba ir unos cuantos días á casa de mis pa- 
dres, y si tú no vas á la feria ... 

Ram. Pues ¿v eso? 

Ant. Ya sabes que padre está achacoso. 

Ram. Como tú quieras. ¿Y quién cuidará al niño? 

(Volviéndose hacia Daniela, sin darse cuenta de lo- 
que hace.) 

Ant. Yo me llevo los niños. 

Ram. ¡Ah, no, de ningún modo! ¡Los niños no se 

mueven de aquí! ¡Pues no faltaba más! Ade- 
más, que te estorbarían en el viaje. 

Ant. ¡Estorbarme mis hijos! Nunca me habías 

dicho eso, Ramón. 

Ram. Pues ahora te lo digo. Y no se hable más. 

Los chicos aquí se quedan. 

Dan. (interrumpiendo á Antonia, que va á contestar.) An- 

tonia, te tengo que decir una cosa... pero á 
tí sola. 

Ant. ¿A mí? Lo que tuvieras que decirme, díselo 

á Ramón. 

Ram. Ni á mí, ni á ella, Nada de secretos. ¿Lo 

oyes, Daniela? 

Dan. (Resuelta.) Pues bueno, lo diré. Mira, Anto- 

nia, te pido que no te Vayas. (Ramón da un pu- 
ñetazo sobre la mesa.) 

Ant. (Rápidamente.) ¡Ah, no; no me iré! ¿Dejando 

aquí los hijos de mi alma? De ningún 
modo. Una madre no abandona á sus hijos, 
Eso quizá un padre lo haga, pero una rm- 
dre, no. 

Ram. ¿Cómo un padre? Quiero yo más que tú á 

nuestros hijos. ¿Qué estás diciendo? 

Dan. (Procurando calmarle.) [Ramón! 

Ram. No he de consentir que me diga que no 

quiero á mis hijos. ¡Y ya se me acaba la pa- 
ciencial ¡No quiero ver malas caras! ¡Esta 
casa es ya un infierno! 



— 53 — 
Ant. ¡Yo soy la madre de tus hijos! Yo, y nadie 

más que yo. (Por Daniela.) 

Dan. ¡Antonia, Antonia! Escucha. (Antonia, que se 

está limpiando los ojos, no la oye.) Mira, Antonia; 

ya lo tengo decidido. ¡Me iré yol (warnón quie- 
re hablar Daniela, volviéndose hacia él, repite:) ¡Me 

iré yol (a Antonia ) Y ahora te suplico que 
nu me guardes rencor; no tienes razón para 
quererme mal. 
Kam. No, Daniela, no; bien eabes que yo... (calla ai 

ver que Antonia le está mirando.) 

Ant. ¿Tú, qué, qué? ¡Atrévete á decirlo! ¡No lo 

dirás, nol Pero no hay necesidad de que lo 
digas. Ya no me engañas, como no me enga- 
ña ésta. Bien la COnOZCO. (Riendo forzosamente.) 

Ram. ¡Calla, callal 

Dan. Déjala hablar. 

Ant. A tí sí que te está engañando. ¡Embaucado 

te tiene! 
Ram. ¡Antonia! 

Dan. (Fuera de sí.) ¿Y crees que nada me tienes 

que agradecer? ¿No ves ahora en mí ningún 

sentimiento honrado, infeliz? 
Ant. ¿Qué he de agradecerte? Que te vayas de esta 

casa. 
Dan. (Resuelta.) [Sí, me vov! 

Ram. (Furioso, á Antonia.) ¡Vete, vete á tu cuarto! 

Ant. (Rebelándose.) ¡Que salga de esta casa! 

R\M. {A Antonia.) ¡Kuera de aquí te digo! (Señalando 

la puerta de la derecha.) 

Ant. ¡ Pégame! ¡Mátame! Ya he sufrido bastante. 

R/vm. (Amenazándola.) ¡Que te vayas! ¡Que te calles! 

Dan . ¡No, Ramón! 

Ant. ¡No me defiendas! ¡Sal de esta casal 

Dan . Si te digo que sí, que me voy en seguida. 

¡Mira! (Dirigiéndose hacia la puerta ) 

Ant. No puede vivir sin cortejo, y como no en- 

cuentra en otra parte, viene á buscarlo aquí. 

Dan. (A Ramón, que quiere detenerla.) Me voy, porque 

si no me fuese me vengaría. ¡Y, hay de 
ella! 
Ant. ¡Y me amenaza! (Riendo con rabia.) ¡A mil 

Dan. (Levantándose y dirigiéndose hacia Antonia.) Sí te 

amenazo porque no puedo ya más, y... 



— 54 



ESCENA IX 

DANIELA, ANTONIA, RAMÓN, VALERIO y después HÜGUETTE 
MAX y RICHARD 

VAL. (Entrando. Los que estaban en escena han callado aí 

verle entrar.) Ahí fuera preguntan por la Da- 
niela una señora y dos caballeros: 

RAM. (Queriendo echar á Valerio.) ¡Vete, vetél (Se oyen 

fuera varias voces ) 

Val. ¡Van á entrar! 

Ant. No me quitarán mis hijos. No se los robarán 

á su madre. 

Max ¿Dónde está Daniela? 

Hug. ¡Daniela, Danielal 

Dan. Los conozco, son mis compañeros. Que en- 

tren, que entren. 

Max (Entrando el primero.) ¡Aquíestá Daniela! 

Hug. (Entrando.) ¡Ya es nuestra! 

Dan. (con intención ) ¡Qué alegría, qué alegría me 

dais! (viendo á Richard.) ¡También Ricardo! 

RlCH. (Con seriedad afectada siempre.) ¡Dios guarde íl 

tan egregia Señora! (Todos hablan al mismo tiem- 
po pronunciando frases indiferentes.) 

Dan. (Dando la mano á Richard.) Aprieta, aprieta fir- 

me. ¡Y muchas gracias por vuestra visita! 

Hug. No lo creías, eh? ¡Y qué morena estás! ¡Es- 

pléndidamente morena! 

Dan. (con alegría nerviosa.) Sí, sí; estoy muy buena. 

RAM. (Que arregla los planos fingiendo una ocupación. Apar- 

te.) ¡No se irá! ¡Yo impediré que se vaya! 

(Vase por el foro ) 

Max Nos ha ido muy bien. Gran éxito en Barce- 

lona y Valencia. En Madrid un alboroto. 
Y «hora á casa de retirada. 

Dan. ¡Vosotros sí que me queréis! 

Max ¿Y cómo me encuentras? ¿La voz siempre 

magnífica? (Hace una escala gritando con fuerza.) 

Dan. ¡Magnífica, soberbia! 

Hug. Canta como un risueñor. 

.Max Tomamos el correo y tenemos cuatro horas 

hasta que pase el exprés. 



Dan. (Riendo y enjugándose los ojos disimuladamente.) x"ío 

os podéis figurar lo que me alegro de vero-. 

(Dando con v.n pie en el suelo, al rer queno puede con- 
tener el íianto.j Contenta, contentísima, aun- 
que después me muera. (Riendo.) ¡Bnh! ¡Qué 

importa! (Hugnette, Max y Richard se miran dan<lo 
muestras de extrañeza.) 

Max Mira, Daniela Tú estás nerviosa y si hemos 

llegado inoportunamente... 

Dan. Lo más oportunamente posible. Aconsejad- 

me vosotros, aconsejadme. 

Max Pero si no sabemos... ¿Verdad, Richard? 

RlCH. (Siempre con gravedad cómica ) Habla y Serás 

oída. 

Dan. Me encontráis en una gran tribulación... No 

sé cómo explicaros... 

Max (confidencial.) ¿Te se acabó el dinero? 

Hug. (Lo mismo.) ¿Estás enamorada? 

Dan. No, no. Yo vine aquí buscando reposo y sa- 

lud, y he traído la desgracia á esta casa... 
Porque no me han comprendido... porque se 
empeñan en ver en mí lo que aquí no quie- 
ro ser. 

Hug. ¡Hipócritas! ¿Te echan? Y ellos quizá sean 

peores. 

Max ¿Quieres creerme? Vuelve con nosotros y ¡a 

vivir! Esas delicias de la vida campestre no 
están para nosotros. Si } r a no gustaras allí, 
si te hubieras torcido un pie, si estuvieras 
vieja ó fea, yo te aconsejaría que te queda- 
ses aquí, si ese era tu gusto; pero no siendo 
así, encontrándote aun joven, bonita y bas- 
tante rica por añadidura, busca un marqués 
sin escrúpulos, de esos que no gustan de sa- 
ber historia antigua y cásate. 

Hug. ¡Ah, no! Debe casarse por amor. Sin amor 

no existe la felicidad. ¡Sólo se Vive para 



amar! 

RlCH. ¡Oh! ¡El amor! (Golpeando la pipa en la mesa. ) 

Dan. No me entendéis, no me entendéis. 

Max Que hable Richard. A ver, ¿tú qué harías 

en su caso? 

RlCH. ¿Yo?... (Fumando con mucha pachorra ) ¿10?... 

Max ¡Si, hombre, tú! 



— S6 — 

Rich. Que «e explique mejor. No roe he enterado 

de lo que dijo. Y sobre todo las explicacio- 
nes son inútiles, (a las otros.) Tiráis un luis 
al aire, y hasta que haya caído no podéis 
averiguar si será cara ó cruz: pues lo mismo 
es e?ta; el luis está en el aire, solo la casua- 
lidad hará que muera arrodillada en una 
iglesia, envuelta en la mantilla y dándose 
golpes de pecho, ó que reviente de tanto 
bailar en un escenario. 

Dan. No es cierto eso. Pienso las cosas... Reflexio- 

no... 

Rich. Sí, mientras el luis está en el aire. (Ramón se 

pasea por delante de la puerta, observando á Daniela.) 

Dan . (Que á visto á Ramón.) Pues nada; ya está de- 

cidido; me vuelvo á París. 
Rich. ¡Cara, cara! Ya está el luis en el suelo, (sigue 

fumando sin rcir. Los demás bromean con gran alga- 
zara.) 

Hug . Sí, sí, á París, á París. 

Max Yo te buscaré empresario. 

Dan. (con orgullo recordando su vida.) ¡Siempre tengo 

cuantos quiero! En cuanto sepan que he 
llegado, ya veréis cómo acuden. (Dicho alto y 

con orgullo al ver á Ramón en la puerta del foro.) 



ESCENA X 

DANIEL.A, HUGUETTE, RICHARD, MAX. Cuando se indique RA- 
M'jN y VALERIO. Ramón aun no ha entrado en escena 

Rich. ¡Bravo, bravo! (Todos aplauden y ríen.) Y ahora 

te diré una cosa. ¿Lo digo? (lo preguntad ios 

otros; todos dicen que sí. Daniela ríe nerviosamente. ) 

Pues lo diré. Te vas de aquí porque temes 

enamorarte. 
Hug . (Riendo.) ¡Ella enamorada! 

Max ¿Tú enamorada? 

Dan. (violenta.) No CS verdad. (Los otros siguen la bro- 

ma. Entra Ramón.) ¡Callad! ¡Callad! (Siguen bro- 
meando.) 

Ram. (seguido de Valerio.) ¡ Bueno! Ya todo está listo. 

Puedes acostarte, que yo cerraré. 



- 57 - 

VAL. ¡Pues buenas noches! (Sala Valerio por una puer- 

ta de la izquierda y cierra por dentro. Kamón se acer- 
ca á la mesa y observa la escena bajo pretexto de arre- 
glar los planos Los demás siguen la conversación 
prescindiendo de él, menos Daniela, que le vigila y va 
exaltándose. Cuando Kamón se entera del giro de la 
conversación acaba por sentarse á la mesa, fingiendo 
escribir ó leer ) 

Max (a Richard.) ¿Pero será eso cierto? (a media voz ) 

Rích. (ídem ) Soy gato viejo. ' 

HüG. (a Daniela.) Cuéntánoslo. (Van alzando la voz.) 

Dan. Pero si no es verdad. Y en prueba de ello. . 

venid. (Los lleva lo más lejos posible de Ramón. y 

Ahora mismo me voy con vosotros á París. 

(Alegría de todos.) 
Max ¿Ahora mismo? (Daniela hace señas de que sí y de 

que se callen.) 

Hüg. ¿Vienes de veras? 

Dan. Hablad bajo; no me conviene que se sepa. 

Rich. ¿Por qué, si no es un secreto? (con intención. 

Kamón se revuelve en la silla.) 

Dan. Ya os lo diré durante el viaje. ¿En qué ha- 

béis venido hasta aquí? 

Max En un carruaje de la estación. 

Dan . ¿Os espera? 

Max Sí; el exprés pasa á media noche. (Daniela si- 

gue hablando con Max en voz baja.) 

HüG. (Acercándose á Richard, que pasea observando á Ra- 

món.) ¡Cuánto siento irme sin conocer al ena- 
morado. 

Rich. (Aparte á Huguette.) (¿Le quieres conocer? ¡Mí- 

rale!) 

Hug. (Briándose ) ¡ Uf , qué ordinario! 

DAN. (Siguiendo su conversación con Max.) Salís VOSOtrOS 

y yo digo que voy acompañándoos hasta la 
estación. 

Max (Riendo.) ¡Muy bien combinado! (Richard ha se- 

guido hablando con Huguette, mirando á Ramón y 
rieudo.) 

RlCH. (A Huguette.) ¡Déjame á mí, veras! CSe acercan 

los dos á Ramón y Richard dice alto como siguiendo 
una conversación.) ÍCs claro, SI... 

líi.G. Es natural. . 



— 58 — 

Rich. Y Daniela hace muy bien en venirse con 

nosotros á París. 

RAM (Pega un golpe en la mesa y se pone de pie.) ¡Eso es 

mentira! (Sorpresa de todos.) 

Ríen. Usted perdone. No he creído ofenderle. 

Dan . ¿Qué es eso? ¿Qué ocurre? 

Ram. Nada, no es nada. (Reprimiéndose.) Creí haber 

oído... No hagas ca^o... Estaba mirando es- 
tos papelotes.. Tenemos que resolver en se- 
guida . (Muy escitado.) 

Dan . (También excitada.) No hay prisa. Ahora no es- 

toy para eso... 

Ram. Bueno. Esperaré que... 

Dan. Sí, luego. Vamos, os acompañaré hasta el 

coche, (a Ramón.) Cuando vuelva nos ocupa- 
remos de eso. 

Ram. (con intención.) Yo iré también. Te acompa- 

ñaré. Está la noche muy oscura y es bueno 

tomar precauciones. (Saca un revólver del bolsi- 
llo y lo pone sobre la mesa.) 

Hug. (con miedo.) ¡Un revólver! 

Dan. Guarda esa arma y espérame aquí. Yo no 

tengo miedo. 
Ram. Esperarte aquí, no. En cuanto al arma ya la 

guardo. (Vuelve á meterla en el bolsillo.) Con las 

manos me basta, con estas manos que tan- 
tas veces te han levantado en el aire cuan- 
do aún no sabías volar, (a Huguette.) Y usted, 
señora, no tenga miedo que no he de hacer- 
la ningún mal; ni á estos señores tampoco. 

(Daniela cae sentada en una silla.) 

Max - Claro que no. (Bromeando.) Además seríamos 

dos contra uno. 

Hug. (Burlándose.) ¡Max! ¡Max valiente! 

:Iam. (con desprecio.) Ustedes están anémicos, me- 

tidos siempre en la humareda de los teatros. 
Aquí nos fortalece el aire de las montañas y 
no hay alimaña que nos haga cara. Ustedes 
matan y mueren en broma. Un cañonazo es 
un golpe de bombo. Cae el telón y los muer- 
tos se levantan sacudiéndose la ropa. 

Rich. Me gusta, me gusta este hombre. 

HüG (Riendo con miedo, aparte ) A. mí me asusta. (Alto.) 

Vamonos. 



— 59 — 

RAM. Por mí Cuando UStedeS ffUSten. (Encendiendo 

el íaroi.) Les alumbraré. (Resutito.) Y tú, Da- 
niela, no te muevas de aquí, (nanieía se levan- 
ta.) La noche está fría. (EJa vaá replicar. Ella 
interrumpa,con energía;) Te digo que está la no- 

che muy fría. 

RlCH. (conteniendo a Daniela que iba á replicar.) Pero SÍ 

aún es temprano. Mejor esperaremos aquí 
que en la estación. Yo me vuelvo á sentar. 

Dan . ís 7 o, es inútil fingir más. Ya dura demasiado 

esta broma. Hemos acabado. 

Ram. ¿Qué es lo que se ha acabado? 

Dan. Todo. Tú sabes que no debo estar aquí un 

momento más. ¡Vamonos! (Nadie se mueve.) 

Ram. (Exaltándose ) ¡Pero no oyen ustedes á esta 

mujtr! Por Dios, que al lado de ustedes 
aprendió bien á fingir. Pero no te irá:?; te 
juro que no te irás otra vez. (va hacia el cuarto 

de Antonia y cierra la puerta con llave.) 

Dan. (con energía ) Ramón; ya sabes que no puedo 

quedarme, que debo irme. 

Ram. (Furioso.) ¡Mentira! ¡Eso es una mentira y 

una farsa indigna! Te vas porque me has 
engañado; me decías que ya eras otra; y en 
cuanto ves á esta gente vuelves á ser lo que 
fuiste... 

Dan. ¡No, Ramón, nol 

Ram. Viviste en el fango, y cuando el fango pasa 

por delante á él te arrojas. Confiésalo, mise- 
rable, confiésalo y te dejaré marchar, y has- 
ta te empujaré para que salgas más aprisa 

Dan . (Después de mirar con espanto al cuarto de Antonia ) 

Pues te lo diré, te lo diré. Que echo de me- 
nos mi antigua vida; que soy la que fui y 
que quiero seguir siéndolo. Quiero vivir y 
gozar., y morir con los míos... con vosotros 

(Echándose en los brazos de sus ant'guos compañeros.) 

Sí, sí; llevadme lejos; pronto, compañeros, 
pronto; ¡llevadme, llevadme! (Abrazada á Hu- 

guette y Max ) 
MAX ¡Salgamos! (Richard sigue sentado.) 

Ram. Así me gusta, así. Esa misma cara debías 

tener cuando huíste la otra vez. ¡Y yo que 
había esperado!... 



- 60 - 

Dan. (Riendo estrepitosamente y llorando al mismo tiempo.) 

Que sería una infame, ¿verdad? ¡Más infa- 
me aún de lo que soy! 

Ram. No, no. Que te habías transformado, que ya 

eras otra. 

Dan. (indignada.) |Que ya era otra dice! ¡Quería 

que me transformara! ¿Y sabéis cómo? ¡Pre- 
tendía que fuera su manceba, que ocupara 
el puesto de su esposa. 

Ram. ¡Calla, calla! (Lo ha repetido varias veces mientras 

Daniela ha dicho lo anterior. Los demás se hurlan de 
Ramón disimuladamente ) 

Dan. Eso, eso es lo que me proponía, ¡para hon- 

rarme!... ¡para regenerarme! 
Rich. (a Ramón.) ¿Esa es la pura honradez de los 

Campos? (Riñéndole con iirdignaeión fingida.) 

Ram. ¿Qué saben ustedes lo que siente mi alma? 

Max (a nuguette.) ¡Bonitas teorías regeneradoras! 

Ram . Esia °s una maldición que me cayó en el 

alma y que esta mujer trajo á mi casa. 
Rich. ¡Si parte el corazón! '¡Pobre mozo! 

Todos ¡Já,já, já! 

Dan. (Levantándose indignada.) ¿Qué es eSO? ¿Os estáis 

burlando de este hombre? ¿Pero no com- 
prendéis que son gritos que se le escapan 
del alma? 

Ram. ¡Por tí, por tí! (Ellos procuran contenerla risa.) 

Míralos, míralos cómo se ríen. Pues, ¡vive 
Cristo! que no se reirán más. (Dando un paso 

hacia ellos.) 
DAN. (Poniéndose delante de Ramón.) ¡Infames! (Siguen 

riendo agrupados.) ¡No os riáis, canallas! 

IxAM. (Queriendo precipitarse sobre ellos.) ¡ Voy á ma- 

tarlos! 

Dan. ¡Quieto! ¡Te lo mando! Para esos yo me bas- 

to. (Huguette, Richard y Max se dirigen lentamente 
hacia la puerta, andando de espaldas y muy juntos.) 

Rích. ¡Telón! ¡Telón! 

Dan. ¡Fuera de aquí, canalla, fuera de aquí! 

Max (siempre riendo.) ¡Pero Daniela!... 

Hug . ¡Si yo no me reía. (Riendo.) 

Dan . Fuera; tú eres como ellos. 

HUG. (Desvergonzada.) Y CCmO tú. 

Dan . Largo, he dicho. (Va retrocediendo hasta llegar á 

la puerta.) 



- 61 - 
Rich. (Que sale ei último.) ¡Todos somos unos! ¡Todos 

SOrüOS Unos! (Saluda ceremoniosamente y da una 
carcajada al volver la espalda para salir.) 

Max (Riendo también ) ¡Perdónenos usted, señora, 

perdónenos usted! 

Dan. [Al fango, carroña! (Dámela cierra la puerta. í-e 

oyen las carcajadas de los tres que se alejan. Volvién- 
dose á Ramón.) Ya lo ves... ¡me quedo! 



ESCENA XI 

DA NIELA y RAMÓN.' 
Dan. (Muy fatigada, sosteniéndose en la mesa y respirando 

con dificultad.) Sí, sí: me quedo porque me das 
lástima. Ya conseguiste lo que querías: me 
das lástima. 
Rám. Gracias, Daniela, gracias. Te lo agradezco y 

me vuelves loco de alegría. Mira, ya todo 
calla, solos estamos... los dos solos... después 
de tantos años . 

Dan. (indignada.) ¿Qué? (Retrocediendo delaute de él, 

sosteniéndose en los muebles.) No, Ramón, no. 
(Va hacia su cuarto.) 

Ram. ¡Daniela, Daniela! ¡Por Dios, escúchame! 

Dan. No, ni una palabra; hoy me habéis acortado 

la vida... no quieras acabar de matarme. 

Ram. ¡No, no! 

Dan . Déjame morir con mis tristezas; no me ma- 

tes de desesperación. 

Ram. ¡Te vas á caer! ¡Yo te sostendré! 

Dan. ¡Aparta! ¡Aparta! (No puede sostenerse.) 

Ram. ¡Yo te sostendré! ¡yo te sostendré! 

Dan . ¡Déjame, déjame! (Está casi desmayada. Ramón la 

sostiene para que no caiga y la va llevando lentamente 
hacia su cuarto.) 

Ram. ¡Te amo! ¡te amo! 

Dan. ¡Tu familia, Ramón, tus hijos! 

Ram. ¡Calla, calla! ¡Ven, ven! 

Dan . ¡Por Dios, Ramón! 

RAM. ¡Calla, no quiero oírte! (llegan hasta la puerta 

del cuarto. Ramón luchando la da un beso.) 
Dan. (Resistiendo.) ¡No, no! 



— 62 - 
Ram. I Ven, ven! 

Dan. (Escapándose de los brazos de Ramón.) ¡No, no! (Co- 

rriendo hacia el cuarto de Antonia.) ¡Antonia, An- 
tonia! 

RAM. (Corriendo tras ella.) ¡Calla, Calla! 

Dan. ¡Antoüia! ¡Socorro! ¡Antonia! 

Ram. ¡Dios mío, Dios mío! 

Dan. ¡ Vé con los tuyos, ó grito! 

Ram. ¡Condenación! 

Dan. ¡Me ahogo, me ahogo! ¡A morirme sola! A 

morirme! ¡A morirme! (Abre la puerta del cuarto 
de Antonia y se oye á ésta mecer la cuna y entonar una 
estrofa del canto de cuna «La mare de Deu».) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



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ACTO TERCERO 



La misma decoración de los dos actos anteriores. El cuarto de Dá- 
mela estará cerrado; el de Antonia abierto. La cuna estará en el 
mismo sitio en el que aparece en el acto segundo, pero vacía. 
La mañana de un día nublado. 



ESCENA PRIMERA 

ANTONIA, ANA y varias NIÑAS 

Al levantarse el telón no hay nadie en escena. Atraviesan dos Niñas 

por la parte exterior de la puerta del foro; después tres más, cogidas 

de la mano 

Niña 1 a (pasando por el foro.) Vamos, que es tarde. 
Niña 2 a (Refiriéndose á la Niña 3. a ) Es ésta que no se 

mueve. (Llega otro grupo de niñas que se detiene en 
la puerta ) 
NlÑA 3 a (Gritando.) ¡ \na, Alia! (se agrupan todas las niñas 
en la puerta. Algunas llevan rebanadas de pan en la 

mano.) ¡Que te va á reñir la señora Monsa! 
Niñ\ 4 a ¿Te has dormido, perezosa? 
Ana Ya voy. Estoy acabando el chocolate. 

Todas (Hablando á la vez.) ¡Ana! [Ana! ¡Perezosa! ¡Que 

te va á castigar la señora maestral ¡Andal 
Ana (Entrando en escena.) ¡Estaba acabando el cho- 

colatel ¡No alborotéis! 
Todas ¡Ana se ha dormido! ¡Ana se ha dormido! 



- 64 — 

Ana ¡EmbusterasI ¡Embusteras! (Entra Antonia.) 

¿Verdad, madre, que son unas embuste; as? 

Ant. ¡Ponte el pañuelo al cuello! ¡La mañana e-tá 

fría! ¡Estáte quieta, chiquilla! 

Ana (a las niñas que siguen en la puerta jugando y albo- 

rotando.) ¡Ya voy! ¡Ya voy! 

Ant . (Acabando de arreglarla ) ¿Pero no puedes estar- 

te quietar (Algunas niñas se apartan de la puerta, 
después vuelven empujando á las que se quedaron. 
Que haya movimiento y vida en ese grupo ) 

Niña 3.a ¡Yo me visto sola y me saco la raya! 

Ana Así vais todas hechas un pingo. 

Ant. (a Ana.) .Cállate tú! 

Ana Si es que siempre me están diciendo cosas 

feas. 
Ant. ¡Vaya, ya estás! Dame un beso. (Ana se lo da.) 

ANA Ahora Otro al niño. (Corriendo hacia la cuna.) 

Ant. No está en la cuna. 

Ana ¿Dónde está? (Yendo bacia la puerta del cuarto.) 

Ant . Le he llevado á casa de tu tía. 

Ana (volviéndose atrás.) ¿A casa de la tía? 

Niña ¡Ana! ¡Ana! 

Ana (a las niñas que la llaman.) ¡Ya VOy, ya VOy! (Co- 

rre hacia la calle.) 

Niñas ¡Ya viene, ya viene! 

Ana (saliendo con ellas.) ¡Me he tomado dos choco- 

lates porque madre no quiso el suyo! (Desapa- 
recen las niñas y al alejarse va disminuyendo gradual- 
mente el ruido de su charla y sus risas. Antonia arregla 
los muebles en silencio.) 



ESCENA II 

ANTONIA, TOMASA, PONA y ANDRÉS, que se presentarán cuan- 
do el diálogo lo indique 

ToM. '(Entrando con un cesto en el brazo y un paraguas ). 

Debe ser muy tarde ¡Buenos días, Anto- 
nia! 

Ant. ¡Buenos días, Tomasa! 

Tom. Pues verás; voy á la villa y he pasado para 

preguntarte si querías que te trajera algo. 



- 65 — 

Ant. Nada me hace falta. Fui anteayer y traje 

todo lo necesario. 

Tom. ¡Como ahora tenéis tanto gasto con la Da- 

niela! Aunque tal vez pague ella lo suyo .. 
[Claro! 

Ant. ¡No sé; esas son cosas de Ramón! 

Tom. ¡Ay, hija! Asusta ver lo que gastáis todos los 

días en comida. ¿Sabéis si necesitará algo 
la Daniela? 

Ant. Tal vez. Pero no se ha levantado todavía. 

Tom. Esperaré un rato. ¡Como es tan caprichosa! 

Ant. Como tú quieras. 

And. (Entrando.) ¿Sabes dónde esta Ramón? 

Ant. Supongo que estará en la obra. 

And. No, si no necesito verle... sino que acabé de 

almorzar y... 

Tom. Tú, como puedas meterte en casa ajena... 

And. ¡Cualquiera está en la calle con esta maña- 

na de agua! 

Tom. Pues yo tengo que ir á la villa. 

And. Hasta los albañiles han tenido que parar el 

trabajo. 

Tom. (a Antonia) Ayer tuvisteis huéspedes. . ¿Có- 

micos, eh? 

Ant. Creo que sí. 

Tom. (mendo.) ¿Y qué decían? ¿qué decían? 

Ant. Nada. 

PONA (Entrando con una cesta de cerezas.) BuenOS días. 

Tu mujer te llama, Andrés. Vengo empa- 
pada. 

And. ¿A mí?... ¿Está en la puerta? 

Pona p Sí. Te está llamando á gritos. 

And. Que espere. No le digáis que he venido 

aquí. ¿Oyes, Antonia? 

Tom. ¿Y por qué? 

And. Como la pobre es tan celosa... (señalando el' 

cuarto de Daniela. Todos se burlan de él.) 

Pona ¡Mira qué cerezas tan hermosas! Son de mi 

huerto. Las he cogido para que no se estro- 
pearan con la lluvia. ¿Sabes tú si le gustan 
á la Daniela? 

Ant. Cuando salga se lo preguntas. 

Pona ¿Pero aún no se ha levantado? ¡Qué holga- 

zana! 



- 66 — 

And. Como en Francia hacía del día noche... (a 

Pona.) ¿Quieres asomarte á ver si mi mujer 
está en Ja puerta todavía? (pona se asoma.) 

Tom. [Y yo que he de ir á la villa! 

Ant. (a Tomasa.) Llámala si quieres. 

Tom. No, no; esperaré, (a Antonia.) ¡Caramba con 

los cómicos! (Antonia se aparta de Tomasa elu- 
diendo la conversación.) 

Pona (a Andrés.) Está sentada á la puerta, co- 

siendo. 

And. (Que había cogido la alpargata para irse ) Pues 110 

hemos dicho nada. (Vuelve á dejar la alpargata.) 

Más la valiera coserse los hocicos. 
Tom. (a Antonia ) ¿Y tú qué crees? ¿se curará ó no 

se curará Ja Danieia? 
Ant. ¿Qué quieres que te diga?... (Mutis.) 

Pona Cuando se está haciendo una casa... 

Tom. Señal de que se encuentra á gusto. 

Pona (Y yo que tengo tanto que hacer!... 

And. Si te vas, hazme un favor. 

Pona ¿Cuál? 

And, Párate un rato delante de mi mujer para 

que no me vea salir. 
Pona ¡Quita de ahí, calzonazos! 

Tom . , Voy á decirla que estás aquí. 

And . Ya te guardarás bien de decírselo. 

ANT. (Que había entrado en su cuarto y vuelve á salir.) 

¿Qué pasa? 
Pona Nada. Que á éste le pega su mujer. 

And. También yo la pego á ella. 

Pona Yo despierto á la Danieia. (a Antonia .) ¿La 

despierto? 
Ant. Sí, mujer, llámala. 

PONA (l lamando suavemente á la puerta del cuarto de Da- 

nieia.) ¡DaDiela! (vuelve á llamar.) Levántate, 
Danieia ... Te traigo cerezas de mi huerto, (se 
aparta de la puerta.) Ahora se levantará. 

Tom . ¿Qué hora será? 

And . Lo menos las ocho. 

Pona ¡Cá! Las ocho y media, (volviendo á llamar á la 

puerta.) ¡Danieia! ¡Danieia! (Separándose de la 

puerta.) ¡Y tanto como tengo que hacer! Los 
chicos no hacen más que romper panta- 
lones. 



— 67 — 

And. ¡Yo no tengo más que chicas, á Dios gra- 

cias! 
Pona Miren de lo que da gracias á Dios. 

ToM. (Que ha icio ¡i escuchar á la puerta de Daniela.) No 

se oye nada. Creo que duerme todavía. [Da- 
niela! ¿Quieres algo para la villa? (vuelve á 
escuchar.) ¿Que si quieres algo para la villa? 

¡Soy la Tomasa! (Hace señas á los otros de que 
no se oye nada.) 

And. ¡Vaya un sueño pesade! 
Tom . Nada se oye. 

PONA Verás Como á mí me Oye. (Gritando por el agu- 

jero de la llave.) ¡Daniela! ¡Daniela! (Golpeando 

fuerte.) ¡Danielal 
Tom. (Lejos de la puerta ) ¡Como no despierte ahora! 

AND . Callarse, Callarse. (Pona acerca el oído á la puerta.) 

Pona No oigo nada. 

Ant. ¿De veras? 

PONA ¿Le habrá dado algo? (Vuelve á golpear a la puer- 

ta con fuerza. Al mismo tiempo se oye canturrear las 
lecciones á las niñas de la escuela.) 

And. Tal vez se haya levantado y ande por ahí. 

Tom. Eso será. 

Ant. Como siempre se levanta tarde... 

Pona La Monea sabrá dónde está, (sale de prisa.) 

ToM. (A Pona desde la puerta.) ¡ Vuelve en Seguida! 

And. Apuesto á que está en la obra con Ramón. 

(Cesa el canto de las niñas.) 

Tom . De seguro que allí está. Voy á buscarla. 

Pona, (volviendo.) Dice la Monsa que no la vio 

pasar. 
And. ¿Y qué? No ha de verlo todo. 



ESCENA III 

ANTONIA, PONA, TOMASA, ANDRÉS y MON8A 

Monsa La Daniela no ha salido de casa. 

Tom. Pues en su cuarto no está. 

Monsa ¿Cómo que no está? ¡A ver! (Mira por el ojo de 

la cerradura.) ¡Daniela! (Escucha si responde.) 

Pona (a las demás.) ¡Es muy raro! 

ANT. ¡Callaos! (Porque no dejan oir á Monsa.) 



- 68 — 



MONSA 



Pona 
And. 
Monsa 



Ant. 
Pona 
Monsa 

Ant. 

Tom . 

Monsa 



(Después de volver á mirar por el ojo de la llave.) 

Ei-tá obscuro, y si se hubiese levantado ha- 
bría abierto las ventanas. 
Pero si eptuviese dentro respondería. 
Tal vez quiere darnos una broma. 
¡Daniela, Daniela! (Llamando.) ¡Ay, Dios mío! 

(Mete nn dedo por el ojo de la llave.) ¡La llave está- 

dentro y la puerta cerrada. (Emoción general ) 

¡La Daniela está aquí! 

¡Ay, Virgen ¡Santísima! 

¿Y cómo abrimos? 

Traed un martillo, un escoplo... ¡aprisa!... 

¡aprisa! 

Y que venga Ramón. 

Voy Corriendo. (Dirigiéndose á la puerta de la 
calle.) 

(Gritando.) ¡Daniela! 



ESCENA IV 

MONSA, ANTONIA, PONA, TOMASA, ANDRÉS y RAMÓN 



RAM. (Kntrando al mismo tiempo que Tomasa va á salir.) 

¿Qué pasa? 

Tom. ¡Hay que abrir esa puerta! ¡Daniela no con- 

testa! 

Monsa ¡La Daniela está aquí dentro; llamamos y 
no contesta! 

R.AM. ¡No habréis llamado fuerte! (Antonia se aparta 

al ver entrar á Ramón.) 

Monsa £í, sí ¡Está cerrada por dentro! ¡Dios sabe 
lo que habrá pasado! 

RaM. (Precipitándose hacia la puerta sin dejar acabar de 

hablar á Monsa. ) ¡Daniela! ¡Daniela! 
Monsa ¡Un martillo... un hierro!... 
Ram. ¡Qué martillo!... ¡Yo basto!... (Empujando ia 

puerta con el hombro.) 

Monsa ¡Aprieta! ¡Fuertel 

Tom. (a Antonia.) ¡Pobre mujer! 

Monsa ¡Fuerte! ¡Ya cede! 

Ram. (Hace un esfuerzo supremo y la puerta se abre.) ¡Ya 

está! 

MONSA (Entrando en el cuario de Daniela.) ¡Daniela! 



- 69 — 

ANT. ¡Yo, yo primero! (Pasa delante de las otras mujeres 

que la siguen. Ramón va á entrar y no se atreve. Se 
acerca y se aleja de la puerta varias veces. Se oye den- 
tro á las mujeres, que hablan todas á la vez.) 

And. (a Ramón.) ¿Quién sabe si la pobre?... 

RAM. (Escuchando.) ¡Calla, calla! 

Monsa (Dentro.) ¡Daniela! 

Ant. ¡Levantarla la cabeza! (Dentro.) 

Tom. ¡Daniela! (Dentro.) 

Ram. (Desesperado ) ¡ Ay, Andrés! 

Monsa (Dentro.) ¡No contesta, Dios mío! (ai oiría Ra- 
món se desespera y va á entrar.) 

ANT. (Que sale del cuarto se encuentra á la puerta á Ramón.) 

¡Ramón! 
Ram. ¿Qué hay? ¿Cómo está? ¿Di? 

Ant. Está viva. ¡Abrió los ojo;-! Venía á decírtelo 

(Ramón retrocede y llora, procurando no ser visto. ) 

¡Yo creo que he visto antes pasar al señor 

doctor! 
Ram. (a Andrés.) Que vayan á buscarle. Díselo á 

Valerio. ¡Corre, corre! (sale Andrés.) 
Pona Dice Monsa si tienes algo para hacerla oler. 

Ant. Allí; en mi cuarto Sobre la mesa. [Antonia 

vuelve al cuarto de Daniela. Pona entra en el de An- 
tonia.) 
RAM. (Dirigiéndose al cuarto de Daniela.) [La quiero Ver! 

[ Dirigiéndose á Monsa, que está en la puerta esperando 
que vuelva Pona.) 

Monsa (con severidad.) ¡Tú, no! ¡Desgraciado! ¡Tá, no! 

(Ramón retrocede y cae en una silla.) | Pero traes 
eso! (A Pona y mirando al interior del cuarto de Da- 
niela.) 

Ram. (a Monsa.) ¡Ay, de vosotras, si dejaÍ3 que se 

muera! 

PONA ¡Aquí lo tienes! (Saliendo con un irasco de esencia.) 

MONSA ¡Dame, dame! (Entra en el cuarto de Daniela.) 

Pona (a Ramón.) ¡Y nosotras que estábamos aquí 

charlando tan tranquilas! (Ramón cambia de si- 
tio para no oiría ) 

Monsa (Riendo dentro.) ¡Todas somos tus amigas! Sí, 
es la Antonia, qué también te quiere mu- 
cho. (Al oiría Ramón llora y arroja con rabia el som- 
brero sobre la mesa.) 

TOM. (Saliendo del cuarto. A Kamón.) ¡Y"a está bien! 



- 70 - 
PONA (Saliendo tambicn del cuarto.) ¡Ayl ¡No 66 gana 

para sustos! ¡Aun estoy temblandol 
Tom. ¡Debías tomar algo... y la Antonia también... 

y nosotras! |Nos hemos llevado un sustol 



ESCENA V 

MONSA, ANTONIA, TOMASA, PONA, RAMÓN, ANDRÉS, VALERIO 
y DON JOAQUÍN 



Val. (Entrando.) ¡Ya está aquíl 

Ram. ¡Gracias á DiosI 

Tom. ¡Qué alegría! 

PONA Voy á avisarlas (Entrando en el cuarto donde está 

Monsa y Antonia.) 
TOM. (A Pona entrando también.) No metas TUÍdo. 

l\AM . (A don Joaquín, que entra.) ¡Don Joaquín, Se está 

muriendo la Daniela! 
Joaq. ¡Tan prontol ¡No lo esperaba! 

Ram. ¡Corra usted, por Dios, porque ei ella se 

muerel... 

JOAQ. (Extrañado ) ¿Qué? 

Ram. Que me moriría yo también. 

Joaq. (Deteniéndose ) ¿Qué dices, Ramón? 

Ram. ¡Corra usted, corra usted! 

Tom. (Desde la puerta.) ¡ Ay, señor doctor! 

Joaq. ¡Vamos á ver... vamos á ver! (Entra en et 

cuarto.) 

Pona (ai entrar don Joaquín.) ¡Ya esta más tranquila! 

And. (a Tomasa que sale del cuarto.) ¿Cómo la encuen- 

tras? 

Tom. Ahora está mejor. Se empeña en levantarse. 

Pona (saliendo del cuarto ) Maldita la falta que hacía 

ya el médico. 

And. Siempre llegan tarde. 

Tom. Y ahora querrá hacernos creer que él la 

puso buena. 

Pona Si yo no hubiera venido con las cerezas... 

Tom. Y si no hubiéramos llamado á Ramón para 

que abriera... 

And. Y si yo no hubiera ayudado á empujar la 

puerta... (Ramón se pasea muy agitado.) 



— 71 — 



Tom. (a Ramón.) ¿Pero cómo ha venido esto? ¿La 

habéis dado algún disgusto? 
Ram. ¡Dejadme en paz! ¿No veis cómo sufro? 

Tom . ¡Jesús, cómo te pones! 

Pona Pero si nosotras. . 

And. Pero si yo... 

Ram. ¡Yo no espero másl Quiero saber lo que ha 

pasado. . y si se ha de morir .. (ai ir á entrar en 

el cuarto se detiene, viendo salir á Monsa, a quien to- 
dos rodean, menos Ramón, que se apavta, temiendo una 
mala noticia.) 

Monsa Está hablando con el señor doctor hace un 
rato... como si se confesara... 

Pona ¿Y á tí qué te parece? 

Monsai Yo creo que está mejor. 

Tom. Eso decía yo. 

Monsa (a Tomasa.) Hazme el favor de entrar un mo- 
mento en la escuela porque está la pasanta 
sola... 

Tom. Allá voy; no tengas cuidado, (sale Tomasa, non. 

sa vuelve al cuarto.) 

And. (a Tomasa.) De paso, mira si puedes distraer 

á mi mujer. 
Tom. Déjame en paz. 

And. (Aparte.) No voy á poder salir sin que me vea. 

RAM. I^A don Joaquín que sale del cuarto.) ¿Cómo está? 

¿Cómo la encuentra? 

JoaQ. (Después de mirar á Pona y Andrés.) Bien. 

Ram. ¿No es cosa de cuidado? 

JOAQ. No. (Al ver que quieren hacerle más preguntas.) lie 

dicho que no. 
Ram. ¡Gracias, don Joaquín, gracias! ¡No sabe us- 

ted la alegría que me da! 

JOAQ. (Después de mirarle con atención.) ¡Espera! (a los 

otros ) Ahora conviene que os vayáis; necesi- 
ta reposo la enferma, (a Ramón.) Y no dejes 
entrar á nadie. Hay aquí mucho ruido. 

Ram . No tenga usted cuidado, que no entrará un 

alma. 

Pona Si podemos servir para algo, no tienen más 

que mandar .. 

Ram. ¡Gracias! 

And. (a don Joaquín.) ¿Yo también tengo que mar- 

charme? 



- 72 - 

Joaq. Será lo mejor. 

And. Espera, Pona. 

PONA ¿Qué quieres? (Desde la puerta.) 

And. Ponte aquí... de este lado... tapándome. 

Pona ¿Para qué? 

And. Para que no me vea mi mujer, (saliendo.) ¡No 

vayas tan deprisa! 



ESCENA VI 

RAMÓN y DON JOAQUÍN. Después ANTONIA y MONSA 

Joaq. ¿Por qué no has entrado conmigo en el 

cuarto? 

RAM. (Precipitadamente, con emoción.) ¡Porque... por- 

que no debo entrar yo en su cuarto! ¡No pue- 
do entrar, no! ¡Yo no soy lo que usted se 
figura! Antes era otro, pero ahora... (Desespe- 
rado.) 

Joaq Ya lo sé: ahora eres un .. (va á decir una pala- 

bra dura.) 

Ram. ¡Un desgraciado: sí, don Joaquín, un des- 

graciado! 

JOAQ. (Que ha hecho signos negativos con la cabeza ) Un 

desgraciado, no; un malvado. [Parece men- 
tira, Ramón! ¡Esa mujer vale más que tú! 

Ram. ¡Es verdad, señor doctor, es verdad! 

Joaq. Ha tenido más dignidad que tú. Ella fué 

quien no quiso deshonrar esta casa. ¡Niégalo! 

Ram . No lo niego, don Joaquín. 

Joaq. ¡Tú la has perseguido, la has acorralado; y 

entre todos le habéis hecho imposible la paz 
de que tan necesitada estaba; vosotros sois 
la causa de su muerte... sí, vosotros! ¡Entre 
tú y tu mujer la habéis asesinado! 

Ram. ¿Qué dice usted, don Joaquín? 

Joaq. Sí, la habéis asesinado. Ya es imposible 

alargar la vida á esa desdichada. (Durante las 

últimas palabras del doctor, han salido Antonia y Mon- 
sa del cuarto de Daniela.) 

Monsa (Bajo, con ansia.) ¿Qué hay, señor doctor? 
Joaq. Hay, que es caso perdido. Y sólo un mila- 



— 73 - 

grO... (Al oir esto Antonia mira á Ramón que esquiva 
la mirada de su mujer.) 

Monsa ¡Por amor de Dios, don Joaquín! 

Joaq. Hija, yo no sé hacer milagros. 

Monsa Se ha quedado dormida. 

Joaq. Pues dejarla tranquila. ¡Ah! ¡Si las cosas se 

hicieran dos veces! 

Ram. ¿Qué habría usted hecho? 

Joaq. ¿Qué habría hecho? Pues cuando me escri- 

bió el médico de París, debí contestarle que 
no consintiera que volviese aquí, porque la 
permanencia en este pueblo le sería fatal. 
Sí, sí, fatal repito. Porque aquí la martiri- 
zarían hasta matarla. 

Ant. Yo, señor doctor, creía... 

Joaq. ¿Tu? Tú no has tenido para ella ni un áto- 

mo de compasión. 

Monsa ¡Señor doctor! 

Joaq. (a Monsa.) Tú, pobrecilla, tú eres la única 

que tuviste corazón para esa desgraciada; 
tú sola, en el pueblo, tuviste para ella ca- 
ridad 

Ant. (Llorando.) Yo me veía despreciada por mi 

marido; y yo soy la mujer de Ramón, y 
ella... 

Joaq. ¿Ella? ¿Qué daño te ha hecho? ¡Ella te ha 

respetado, degradada! ¡Hubiera querido ver 
otra en su lugar! ¡Tal vez otra no te hubiera 
devuelto bien por mal! ¡Otra se hubiera ven- 
gado! 

Mons\ La dejaremos dormir todo lo que quiera, 
¿verdad? 

Joaq. Dejadla en paz. Mientras duerme, no la 

hace Sufrir esta gente. (Haciendo un movimiento 
para irse.) 

Ant. Ya no la daré más disgustos, don Joaquín; 

yo se lo prometo. 

JOAQ. Volveré más tarde. (Buscando con la mirada á 

Ramón.) Y que siga tomando lo mismo... si 
quiere... después de todo es igual. 

Monsa , No tarde usted mucho. 

Joaq. Y que no entre nadie. ¡Que no la molesten! 

Ant. Cerraremos la puerta. (Por la de la calle.) 

R\M. (Acompañando á don Joaquín que va á salir.) ¿De 



74 



JOAQ. 



JOAQ. 

MONSA 

JOAQ. 

Kam. 

JOAQ. 



modo, don Joaquín, que no tiene remedio? 

Si lo hay, CUeSte lo que Cueste... (Daniela apa- 
rece en la puerta de su cuarto sin ser vista por los de- 
más y oye lo que dicen.) 

Ya te he dicho que es caso perdido; está, ya 
muerta; y vosotros la habéis matado. 
¿Pero no se podría celebrar una junta? Digo, 
si á usted le parece... 
Dale bola... 

¿Y si quiere levantarse? 
Que se levante, es igual; de todos modos.. 

(Kchando una bendición ) 

(Ya en la puerta.) ¿No habría manera?... 
(saliendo ) Está muerta... Te digo que esta 

muerta. (Sale hablando con Ramón.) 



ESCENA Vil 



DANIELA, ANTONIA y MONSA, que vuelven de la puerta 



ANT. f AI ver á Daniela que ha avanzado algo en escena.) 

(Daniela! 

Monsa (corriendo hacia eiia.) ¿Por qué te has levan- 
tado? 

Dan. ¡Porque quiero aire y luz! ¡Porque quiero vi- 

vir! (Se sienta en una silla. Monsa corre á entornar la 
puerta de la calle y vuelve al lado de Daniela.) 

Monsa Si ya estás bien. Si no ha sido nada. 

Dan. ¡Sí, sí, estoy muy bien, muy bien! (Busca á 

Ramón con la mirada.) 

Monsa ¿Qué quieres? ¿Qué te falta? 

Dan. Quisiera... (Después de mirar á Antonia.) Nada, 

no quiero nada. 

Monsa ¿Estás bien así? 

Dan. Sí, sí, ahora sí. He pasado una noche ho- 

rrible 

Monsa ¿Por qué no llamabas? 

DAN. (Con tristeza y desesperación.) ¿A quién? 

Monsa ¡A... cualquiera! 

Dan. (Aparte á Monsa ) ¡Calla, calla! (Alto.) Y ahora .. 

os oía cuando llamabais á la puerta... os oía 
pero no podía contestaros... Tal vez cuando 
me muera también oiré que me llaman, y 



7o - 



estaré como allí, sin poder contestar; tendi- 
da, yerta. 

Monsa Tranquilízate, Daniela. 

Dan. (con desesperación.) ¡Estoy condenada á muer- 

tel ¡Estoy condenada! ¡No hay remedio para 
mí! Ya no puedo hacer mal á nadie... soy 
como un tronco seco que ni sombra puede 
dar y con trabajo se so-tiene... (se ha puesto en 

pie con ayuda de Monsa y Antonia. Dirigiéndose á esta 
última.) Tú, Suéltame. ¡Déjame! (Antonia la suel- 
ta y sigue hablando en voz baja.) ¡Quédate COn t.l'.S 

hijosl 
Ant. No, Daniela, no. No me trates así. No te 

quería bien poique me figuraba... lo que no 
era. ¡Ya ves! Mi marido me despreciaba... 
¿Qué hubieras tú hecho en mi lugar? ¡Dime, 

Daniela, dímelo! (Se oye el canto de las niñas en 
la escuela.) 

¡Cantan, cantan! ¡Tú, Monsa, de su amor 
vivesl ¡Tienes un pedacito del corazón de 
cada una... y juntos todos forman un cora 
zón inmenso! 

(suplicando.) ¡Daniela, Danielal 
¡Calla, déjame oiría?, déjame que me empa- 
pe de su canto, déjame que aspire su aliento 
purísimo, que me ensancha el pecho! ¡Déja- 
me, déjame! ¡Me das envidia! Tú aquí te 
quedas para ser feliz, rudeada de alegrías, 
para mí nada. No hay un sorbo para mi, 
que me muero de sed, y tanta agua como se 
pierde... 

Ant. ¡Daniela! 

Monsa ¡Déjalal 

Dan. (a Antonia.) ¡Vete, vete! Ya sé lo que tengo 

que hacer; sí, lo haré, lo haré, (kíc) ¡Sí, lo 
haré, sí! (a Monsa.) ¡Que se vaya, que se vaya! 

Monsa Creo que debes irte. (Aparte á Antonia.) 

Ant. (Aparte a Monsa.) Como te parezca. 

Monsa Yo la calmaré un poco y después volverás. 

Ant. Me iré con el niño. 

MONSA Sí, anda, anda. (Sale Antonia y vuelve á entornar 

la puerta.) 



Dan. 



Ant. 
Dan. 



76 



ESCENA VIII 

DANIELA y MONSA 

Dan. (Aparte.) ¡Ahora me toca á mí ser feliz! ¡Me 

toca á mí! ¡También yo quiero serlo! 

Monsa (volviendo cerca de eHa.) Ahora tranquilízate... 
Hablemos de tu casa. 

Dan. ¡Oh, el chalet!... Servirá para instalar tu es- 

cuela... será tuya... 

Monsa ¡No, no! 

Dan. Y de todas las niñas... Y todo lo que tengo 

también para que hagas de ellas lo que yo 

no he Sabido Ser. (Monsa llora. Mirando alrede- 
dor.) ¿Y Antonia? ¿Se ha ido ya? 

Mons* Sí, ya se fué. 

Dan. Pues ahora que venga Ramón. 

Monsa ¿Qué quieres? Pero escucha... 

Dan. (< on insistencia de niña.) ¡Ramón! 

Monsa ¡Mujer! 

Dan. ¡Ramón! 

Monsa ¡Virgen María! (no sabiendo que hacer.) 

Dan. ¡Ramón, Ramón! ¡Yo quiero á Ramón! 



ESCENA IX 

DANIELA, MONSA y RAMÓN 
RAM. (Entreabriendo la puerta.) ¡Daniela! 

Dan. ¡Ya está aquí! ¿Me oíste que te llamaba? 

Ram. Sí, te oí. 

Dan. ¡Es mi Ramón! ¡El Ramón de otros tiempos! 

¡El Ramón de la Daniela pequeñal 

Ram Sí, soy yo. El Ramón de siempre, que no te 

abandonará nunca. 

Dan. (Abrazándole.) ¡Nunca! 

Ram. ¿Cómo estás, Daniela? ¿Te encuentras me- 

jor? ¡Animo, Danielal ¿Sabes? La torre sube 
y el campanario se queda allá abajo. 

Dan. Sí, sí. Pero ahora tengo mucha prisa, mu- 

cha... (Ahogándose.) prisa. 



— 77 - 
Monsa ¿Quieres tomar algo? 

Dan. (Mira á Ramón, después á Monsa y ríe.) No, DO. Lo 

que quiero eshablar con Kamón. ¿Compren- 
des? ¡Le tengo que decir tantas cosas sobre 

mi viaje! (Refiriéndose á la muerte) Déjanos, 

déjanos, Monsa; ya te llamaré. (Abrazándola.) 
Monsa ¡Daniela, Danielal 
Dan. ¡Gracias por todo, gracias! 

Monsa (a Ramón.) Voy á la escuela. Si hago falta... 
Ram. Te llamaré en seguida. 



ESCENA X 

DANIELA, RAMÓN y VALERIO, cuando se indique. Al salir MONSA 
deja la puerta abierta. Ramón sube á entornarla 

Dan. ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ramón! (Le llama con an- 

gustia al verle ir hacia la puerta, creyendo que se 
marcha. Al verle volver da un grito de alegría) 

Ram. ¡Habla, Daniela, habla! 

Dan. Nunca saliste de aquí, ¿verdad? 

R*m. No. ¿Por qué? 

Dan. Y si yo te dijera: ¿quieres que viva? pues 

llévame lejos, muy lejos. 

Ram. Te llevaría. Por tu salud, todo... (siguiendo su 

pensamiento.) ¡Irnos lejos! ¡Lo he soñado lan- 
ías veces! 

Dan. El abismo atrae ¿comprende*? El abismo... 

cuanto más hondo, más llama y más engu- 
lle... (Traga.) A él vamos. Pero ¿qué importa,, 
Ramón, si yo quiero vivir? 

Ram. Vivirás, vivirás; quiero que vivas. 

Dan. (interrumpiéndole para evitar el engaño inútil.) No 

dio-as eso. ¡Calla, calla! Si deliro, deja que 
delire; si estoy loca, déjame con mi locura. 
Tú has dicho que me amas, que me quieres 
dichosa; pues á serlo, á serlo contigo, vamo- 
nos. Si no puedo andar, me llevaras en bra- 
zos; y agarrada á tu cuello huiremos de la 
muerte que me acecha, (con extravío.) 
Ram, ¡Daniela! ¡Daniela! ¡Cálmate! Haré lo que tú 

quieras. (Corno contagiado por la exaltación de Da4 

niela.) Cuando estoy á tu lado de Dada me 



- 78 - 

acuerdo; tú sola existes para mí; el mundo 
entero daría por salvarte. 
Dan. Huyamos, huyamos de la muerte (Dando un 

chillido como si la viera delante.) ¡Mírala, mírala! 
(Abrazándose á Ramón.) 

Ham. Ya no me detiene nada. Estoy resuelto. Nos 

iremos; te lo juro. 
Dan. Pero ahora, ahora mismo; que el tiempo se 

me acaba. 

Ram. (Yendo á la puerta exterior y llamando á Valerio.) 

¡Valerio! 

Dan . Por Dios, no llames... vendrán., querrán de- 

tenernos. 

Ram. Nadie me detendrá. Estoy resuelto. (Apartan- 

do á Daniela al entrar Valerio.) 

Val. ¿Llamaba usted? 

Ram. Sí, engancha en seguida la tartana... depri- 

sa... como un rayo... ¿oyes? 

Val. Sí, señor, sí. 

Ram. Y que no entre aquí nadie. La Daniela ya 

está buena, (vase Valerio.) Desde la villa es- 
cribiré. Ahora nada: huir sin que nos vea 

nadie. (Entretanto Daniela ha entrado eu su cuarto 

Llamando ) ¡Daniela! ¡Daniela! 

Dan. (Sale del cuarto trayendo un sombrero, y un abrigo, 

que al ponérselo la cubre toda.) Ya estoy dispues- 
ta. No necesito más. ¡Vamos! 

Ram. Yo tampoco necesito nada... Loquehade ser, 

sea... Basta de vacilaciones... Espera, yo te 
ayudaré. Daniela, vamos. 

Dan . Sí, sí, vamos... (Ahogándose,) espera, espera un 

instante... no puedo respirar... (vuelve á caer 

sentada.) 
RAM. (Corriendo hacia ella ) ¿Qué tienes? 

Dan . Nada... no es nada.. La alegría de irnos jun- 

tos... 

Ram. (Muy emocionado.) Sí, eso será. A mí también 

me ahoga la alegría. 

Dan. Iremos muy deprisa, muy deprisa, y la tie- 

rra huirá detrás de nosotros. Huid, huid, 
tierras malditas que yo no os vea; y gritad, 
seguid gritando: ¡la perdida! ¡la mala mújerí 

Ram. (Apretándose la frente entre las manos y con voz aho- 

gada por la angustia.) Todo, todo quedará detrás 



— 79 — 
y nosotros solos adelante, adelante, (sé oye 

cantar á las niñas en la escuela.) 

Dan. ¡Olí! ¡Ese canto... [ese canto!... ¡Canto mal- 

dito!... ¡Le llaman, le llaman! (Tapando íosoídos 

á Ramón con sus manos.) Ramón, ¡UO la eSCU- 

ches! ¡Vamonos, vamonos! (De pie.) 
Ram. Sí, vamos. 

Dan. Ponme el abrigo... (Al sentarse se le cayó el abrigo 

de los hombros.) Puedo, puedo... pero ayúda- 
me. (Sigue el canto de las niñas.) ¡No Callan! ¡No 
Callan! (Habla alto para que no se oiga el canto.) I a 

está bien, ya está bien. 

Ram. Ahora Vam06 de prisa. (Mirando por la puerta.) 

No se ve á nadie. ¡Ven, ven! (a media voz lla- 
mando desde la puerta ) 
DAN. I Voy, ya VOyl (Sin poderse mover.) 

Ram . Aprisa, no te detengas. (Sin mirar hacia ella para 

ocultar su emoción ) ¡Anda! 

Dan . Sí, ya voy, ya voy. 

Ram . Pero, ¿qué haces? 

Dan. ¡Ay, Ramón, que no puedo! (Ramón corre ha- 

cia ella.) 
Ram. ¡Oh! ¡rabia! 

Dan. Llévame... no puedo andar... en tusbrazo c . 

RAM . Sí, en mis braZOS. (Ramón la envuelve de cualquier 

modo en el abrigo, como si fuera un fardo, y loco, ru- 
giendo, casi á arrastras, la lleva hacia la puerta.) 

Ram. Huyamos como reprobos, como condena- 

dos. 
Dan. i A vivir, á vivir! 

Ram. (Como una fiera, ronco, ahogándose.) ¡KreS mía, 

eres mía! ¡Que me la quiten, que me la 
quiten! 

Dan. Quiero vivir, vivir... (Las últimas frases las dicen 

los dos casi al mismo tiempo.) 



ESCENA XI 

DANIEL A, RAMÓN y MONSA 
KüNSA (Desde la puerta.) ¿Dónde Vais? 

Ram. ¡Apártate! 

Monsa ¿Dónde vais? ¿Dónde vais? 



- 80 — 

Ram. ¡Quita! ¡quítate! 

Monsa ¡Ana! ¡Ana! 

RAM. ¡Fuera de aquí! (Ramón procura echar las ruanos áí 

cuello de Monsa ) 

Dan. ¡No, por Dios, no! 

Kam. Vamos. 

Monsa No saldréis, aunque me ahogues. 

Ram. ¡Saldremos aunque te opongas tú y la tierra 

entera, y el cielo divino! 
Dan. ¡Ramón, por Dios, Ramón! 'Ramón luchando 

con Monsa la ha hecho caer de, rodillas, agarrándose 
ésta á los pies de Ramón para que no se escape.) 
RAM. ¡Suéltame, Suéltame! (Daniela entretanto ha ido 

acercándose á la puerta, agarrándose á los muebles y 
apoyándose en la pared.) 

Monsa ¡Ni muerta te feoltaré, ni muerta! (i.ogra des- 
asirse un momento y grita:) ¡Ana! ¡Ana! (Al oir lia. 
mar á Ana retrocede como ante un peligro.) 

Dan. ¡No, eso no; por piedad! 

Ram ¡Calla, calla! 

MONSA ¡Ana! ¡Ana! (Ramón al primer grito ha soltado 4 

Monsa. Esta, de pie, sigue llamando.) 



ESCENA XII 

DANIELA, MONSA, RAMÓN, ANA. Después ANTONIA, y por últi- 
mo, TOMASA, PONA, ANDRÉS, VALERIO. Gente del puebla NIÑAS 
de la escuela 



Ana ¿Qué pasa? 

Ram. (a Monsa.) ¡Calla, callal 

Monsa ¡Que se va tu padre! ¡Que te lo quitan! 

Ana ¡Padre! (Llorando.' ¡Padre! 

Ram. ¡Déjame, déjame! 

Monsa (con energía.) No le dejes; abraza, abraza 

fuerte. 
Ana ¡Padre! ¡Padre! 

Ram. ¡Hija! ¡Hija de mi alma! 

Monsa (Dirigiéndose á Daniela) ¡Mira, mira... sepáralos 

ahora! 



— 81 — 
Dan. ¡Yo! ¡Yo! (se levanta.) ¡Me voy de aquí! (Ramón 

se vuelve violentamente hacia ella.) ¡Sola! (con reso- 
lución mirando á Kamón.) ¡ Me Voy Sola! (Da algu- 
nos pasos hacia la puerta donde aparece Antonia.) 
¡Antonia! (Daniela se detiene; todos callan.) 
ANT. (Después de una pausa.) ¿Qué OCUrre? (Todos ca- 

llan, a Daniela ) ¿Dónde vas? ¿Dónde vas sola? 

(Acercándose á ella. Ana sigue abrazada á Ramón.) 

Dan. A buscar el abrigo de una fosa, que siento 

frío en los huesos... A buscar el calor de la 
tierra... de la madre que nunca nos aban- 
dona. 

Ant. ¿Pero qué hacéis? ¿No oís lo que dice? (Da- 

niela va á caer. Antonia corre á sostenerla pero Monsa 
llega antes ) 

Monsa ¡Daniela! 

Dan . ¡Dejadme! ¡Qué importa que caiga! ¡Al fin he 

de caer! ¡La muerte me empuja! ¡Ya la sien-' 

to que Ilegal (Casi se escapa de los brazos de Mon- 
sa. Antonia ayuda a Monsa á sostenerla. Van apare- 
ciendo en la puerta Tomasa, Pona, Andrés, Valerio, 
pueblo y las Niñas de la escuela. Todos estos persona- 
jes han de llamar la atención lo menos posible. Al 
pronto no se verá á las Niñas; después alguna irá 
asomando la cabeza entre las mujeres, y poco á poco 
algunas se ponen delante de la puerta.) 

Monsa (a media voz.) ¡ l J ronto! ¡Llamad al doctor! 
Dan. No. ¿Para qué? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Tu 

perdón!... ¡Tu perdón!... 

MONSA ¡Sí... SÍ.,, lo tendrás! (Antonia habla con algunos 

hombres de los que hay en la puerta, que salen.) 

Dan. ¡Sacadme de aquí! ¡Fuera... al arroyo... don- 

de mueren los perros! ¡Soy la deshonra! 
¡Todo lo mancho! ¡Fuera, fuera! 

Monsa ¡Ah! ¡No, no! (a las Niñas.) Venid vosotras'. 
¡Rodeadla todas! ¿Verdad que no queréis 

que Se vaya? (Todas las Niñas rodean á Daniela que 

vuelve á sentarse.) ¡No quieren que nos dejes! 

Dan. (Tendiendo los brazos hacia ellas.) ¡Sí, SÍ! ¡Qué 

bien estoy asíl ¡Qué bien! ¿Y Ana? ¿Dónde 

está? 
Ant. (Llamándola.) ¡Ana, Ana! 

Dan. ¡Ven, ven! (Antonia pone á Ana en los brazos tíe Da- 

niela quien la abraza tiernamente.) ¡fClla nOS salva 



82 



Ana 
Dan. 

MONSA 

Dan. 



Niñas 
Ana 

Niña 1 :i 
Dan. 

Monsa 

Dan. 



Dan. 

Monsa 
Ram . 
Dan. 

Monsa 

Dan. 



Monsa 
Dan. 



á todos! (Mirando á Ramón.) ¡Alia, vé, vé... lleva 

tu madre al lado de tu padre... más cerca... 

abrázalos! (Ana hace lo que Daniela le dice.) ¡ Así... 

así!... ¡Qué contenta estoy, Dios mío! ¡qué 

Contenta! (Pasando la mano por la cabeza de las 

Niñas.) 

¿No te irás, verdad? ¿Te quedarás siempre 

con nosotros? 

¡Sí, sí, con vosotros, con vosotros!... ¡Qué 

fríol (Las Niñas se acercan más á ella.) ¡Así, así; 

muy cerca, muy cerca todas! 

(Aparte.) ¡Pobre Daniela! (Se ilumina más la e»- 
cena.) 

Ya vuelve el sol á iluminarlo todo. . todo... 

tierras y conciencias... (a Monsa.) Monsa, que 

derriben la torre. 

¡Acerquémonos más! ¡muy juntitas! 

¡Pobrecita! ¡Tiene mucho frío! 

¿Se quedará? 

¡Nunca os dejaré! ¡Estaré aquí siempre! 

¡siempre! (Se oye á los obreros trabajar en la obra.) 

¿Oyes? ¡Trabajan en tu casa! ¡Ya sube, ya 

sube! 

(Se rija en la cuna y dice para sí.) ¡La CUna! ¡Allí 
está! (Logra ponerse en pie.) ¡Voy allá! ¡Voy allá! 
(Va hacia la cuna sostenida por Monsa y Antonia que 
casi no pueden con ella. Cuando llegan junto á la cuna 
el cuerpo de ella cede y va cayendo de rodillas. Cuando 
esté de rodillas hace que la suelten.) 

(Mirando á la cuna.) ¡Pobrecito niño! ¡Pobrecito 

niño! 

(En voz baja.) ¡La cu na está vacía! 

¡No la toquéis! ¡Dejadla! 

(Cantando con voz ahogada.) La madre... de... 

Dios... 

(En voz baja.) ¡Canta! 

¡Dios... Dios... Dios!... (Diciendo estas palabras 
pone la mejilla sobre la cuna, y al peso de su cabeza la . 
cuna cede y se inclina.) 

(Mirando al cielo.) ¡Perdón! ¡perdón! 

(Como siguiendo la canción.) ¡Dios... DÍOS¡... (Des- 
pués de un ronquido ahogado da el cuerpo de Daniela 
una vuelta y cae muerta de cara al público. Las Niñas 
se apartan asustadas.) 



— 83 — 

MONSA ¡Muerta! ¡Muerta! (Ramón abraza * A ntoMia llo- 

rando. La cuna, al faltarle el apoya de Daniela, sigue 
meciéndose hasta que cae el telón, fie oye fuera el repi- 
queteo de los martillos de los picapedreros y el sonido 
de la campanilla del Viático que se acerca —Telón 'nuy 
lento.) 



FIN DE LA OBRA 






Los ejemplares de esta obra se hallai 
de venta en todas las librerías. 

Será considerado como fraudulento 
todo ejemplar que carezca del sello de 
la Sociedad de Autores Españoles.